Sobre el mundo capitalista se ciernen los vientos de una nueva guerra imperialista. Las inevitables crisis económicas de este sistema llevan a los capitalistas a intentar superarlas mediante la confrontación militar. En esa preparación llevan ya varios años: la carrera armamentista, las guerras regionales, las invasiones y los genocidios contra pueblos enteros, los enfrentamientos comerciales y, sobre todo, un objetivo común: estrujar aún más a los trabajadores del mundo, recortando derechos conquistados, empeorando sus condiciones económicas y sociales y arruinando a amplios sectores de la pequeña burguesía.
Como parte de esos preparativos de guerra, los Estados Unidos, con Trump a la cabeza, se han propuesto, bajo la doctrina Donroe —»América para los estadounidenses»—, reafirmar su dominio sobre su llamado «patio trasero» e impedir el avance de sus rivales imperialistas, principalmente China y Rusia. Sin ningún velo «democrático», Trump ha intervenido abiertamente para instalar gobiernos afines a los intereses del imperialismo estadounidense en los países de América Latina.
En Colombia eso ha quedado en evidencia —tras el fraude denunciado por el gobierno de Gustavo Petro mucho antes de la primera vuelta a las presidenciales— la imposición de un gobierno abiertamente alineado con el imperialismo estadounidense, cuyo compromiso declarado es servir incondicionalmente a los intereses de Washington.
Además de su carácter proimperialista, el gobierno de Abelardo de la Espriella (ADLE) está ligado al narcotráfico y respaldado por los sectores más reaccionarios de la burguesía y los terratenientes. Se trata de un régimen narcoparamilitar que, además de recurrir a las viejas prácticas de dominación utilizadas durante décadas por las clases explotadoras en Colombia como el uso de grupos armados ilegales, emplea métodos propagandísticos propios del fascismo: amenazas contra sus contradictores, utilización de símbolos nacionalistas, apelación a la homofobia, la misoginia y el racismo, concentrando su ataque en los comunistas y propagando el odio contra ellos.
Como parte de los planes del imperialismo para enfrentar la crisis mundial, este gobierno descargará el peso de esa crisis sobre los trabajadores de la ciudad y del campo. Las medidas antiobreras y antipopulares que ya ha anunciado marcarán los próximos cuatro años y representan una declaración de guerra de las clases dominantes contra el pueblo.
Ante este panorama, nuevamente se presentan al pueblo trabajador dos caminos para enfrentar al gobierno ultraderechista de ADLE: dos tácticas que expresan los intereses de dos clases distintas y dos formas opuestas de luchar por las reivindicaciones que el gobierno reformista de Gustavo Petro prometió en campaña y no resolvió.
El camino planteado por Iván Cepeda y el Pacto Histórico en su conjunto, es el de la denominada Desobediencia Civil Pacífica, de la oposición consentida por la dictadura de los ricos holgazanes, de continuar sembrando la confianza en la farsa electoral, ahora para las elecciones regionales del año entrante, y con la mira puesta en las próximas parlamentarias y presidenciales del 2030.
Ese es el camino del engaño que promete cambios, pero que en los hechos significa la continuidad de los horrores de la superexplotación, del despojo y la ruina de los pequeños productores y comerciantes, de la mercantilización de la salud y la educación, de la destrucción de la naturaleza, del sometimiento a los imperialistas. Los cuatro años del gobierno Petro confirman que el reformismo es incapaz de lograr cambios sustanciales y que lo poco logrado es en realidad producto del levantamiento popular.
La táctica y el camino de los reformistas que ahora propone el Pacto Histórico en la Circular política y organizativa del 10 de julio pasado no sirve al pueblo, porque las acciones que se propone están limitadas por la institucionalidad burguesa, que son incapaces de afectar los intereses económicos de los capitalistas y, por tanto, resultan inútiles frente al gobierno de ADLE que amenaza con echar para atrás conquistas alcanzadas, aplastar a la izquierda y utilizar todo el peso de las fuerzas militares, policiales y paramilitares contra la protesta social.
Las clases dominantes jamás se han conmovido por las acciones pacíficas del pueblo. La historia está llena de hechos que así lo demuestran. La Desobediencia Civil Pacífica y la confianza ciega en el Estado burgués, la máquina de dominación de los explotadores verdaderos dueños del poder, conduce al aplastamiento del movimiento obrero y popular, pues desarma políticamente al pueblo frente a un enemigo dispuesto a emplear toda la fuerza del Estado en su contra. Como comunistas y representantes de los intereses de la clase obrera, no podemos guardar silencio ante esta propuesta y advertimos sobre las graves consecuencias a las que conducirá esta táctica errónea.
El camino planteado por los comunistas de la UOC (mlm), como representante de los intereses del proletariado, es el de la lucha revolucionaria. Es el camino del paro de la producción y del levantamiento popular, preparado y organizado desde las Asambleas Populares, concebidas como órganos de poder directo de las masas.
Las Asambleas Populares deben organizarse y unirse alrededor de un programa de lucha que recoja las reivindicaciones inmediatas del conjunto del pueblo trabajador. ¡Un solo pueblo! ¡Una sola lucha! Programa a conquistarse mediante la lucha directa, utilizando la movilización, el bloqueo y el paro como las formas más contundentes para responder a cada ley, reforma o decreto que atente contra los intereses populares. ¡Solo el pueblo salva al pueblo!
Las Asambleas Populares deben organizar también la defensa de sus dirigentes, la protección de los luchadores y la manera de enfrentar la represión legal e ilegal que inevitablemente desatarán las clases dominantes, incluso cuando las acciones del pueblo sean pacíficas.
¿Es posible llevar adelante la táctica revolucionaria? Algunos se hacen esta pregunta. Los comunistas respondemos SÍ; no solo es posible, sino absolutamente necesaria.
Las clases dominantes no son un bloque completamente unido. El estrecho margen de los resultados electorales demuestra una gran división entre los explotadores, incluso existen divergencias entre quienes apoyaron a ADLE. Las contradicciones entre las potencias imperialistas también inciden en la forma como actuará el gobierno. Pero, sobre todo, existe un hecho decisivo: el pueblo colombiano ya no es el mismo después del Paro Nacional de 2019 y del gran levantamiento popular de 2021.
Las propias contradicciones del sistema están desatando una nueva ola de lucha, no solo en Colombia, sino en todo el mundo. Incluso en el corazón del imperialismo estadounidense se han producido las movilizaciones más grandes de las últimas décadas. En Colombia, existe un importante espíritu de lucha, pese a los duros golpes propinados por la reacción y a la profunda decepción causada por el gobierno de Gustavo Petro, quien prometió concretar las reformas que recogían las aspiraciones del pueblo que entregó todo en las jornadas de lucha de 2021.
Quien continúa rezagado es el elemento consciente por ahora incapaz de dirigir ese enorme descontento popular. Esa es hoy la principal debilidad. Por ello, toda mujer, hombre y joven con conciencia de clase está llamado a ponerse al frente de la promoción, preparación y organización de las Asambleas Populares y, especialmente, a organizarse políticamente y tomar en sus propias manos las tareas para avanzar hacia el Congreso del Partido del proletariado en Colombia, así como contribuir a forjar la Asociación Mundial del Proletariado. Ahora más que nunca, el llamado es a organizarse para la revolución.
¡Ni el Estado ni los politiqueros: solo el pueblo salva al pueblo!
Comité Ejecutivo – UOC (mlm)




