Palantir Technologies: el ojo que todo lo ve y el peligro de su manifiesto

Palantir Technologies: el ojo que todo lo ve y el peligro de su manifiesto 1

Hay compañías que venden un producto y compañías que venden una visión del mundo. Palantir Technologies pertenece a la segunda categoría, y por eso merece más atención que cualquier otra empresa de software. Detrás de la retórica de la innovación y la seguridad nacional ha construido algo más profundo y es una infraestructura de propiedad privada, cuyos medios son capaces de integrar los datos de un Estado entero —fronteras, ejércitos, policías, hospitales, fisco— en un solo sistema de identificación, clasificación y, si hace falta, eliminación del enemigo. No es una herramienta neutral que luego se usa bien o mal, pues nació para poner el cómputo más avanzado al servicio de quienes ya concentran el poder de coacción, el aparato militar, policial y de inteligencia del Estado: el capital que lo financia.

Fundada entre 2003 y 2004 por Peter Thiel junto con Alex Karp, Stephen Cohen y Joe Lonsdale, Palantir recibió capital inicial de In-Q-Tel, el fondo de inversión de la CIA. Tomó su nombre de las piedras videntes de la Tierra Media de J.R.R. Tolkien, objetos que permiten ver a distancia y comunicarse en secreto, pero que terminan dominando —o siendo dominados por— quien los usa sin poder suficiente para controlarlos. La empresa convirtió esa ironía en parte de su imagen de marca, sin advertir que el mito describe con precisión su propia función: un instrumento de vigilancia total nunca es neutral; sirve a quien ya tiene el poder de decidir sobre la vida de los demás.

Ese proyecto encontró su formulación más nítida en abril de 2026, cuando Palantir publicó en X una síntesis de veintidós puntos de «The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West (La República Tecnológica: Poder Duro, Creencias Blandas y el Futuro de Occidente)», el libro que Karp firmó en 2025 junto al responsable de asuntos corporativos de la compañía, Nicholas Zamiska. El texto reclama a Silicon Valley una deuda con el país que hizo posible su fortuna y exige abandonar las aplicaciones de consumo por el armamento, la vigilancia y la inteligencia artificial militar. Sostiene que la disuasión nuclear termina y que la del siglo XXI se construirá con software; que el desarme de Alemania y el pacifismo de Japón fueron errores que hoy se pagan, y que el culto a la inclusión debilita a las sociedades frente a otras que describe, sin matices, como regresivas o de segunda categoría.

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No conviene leer estas líneas como filosofía especulativa, sino como la ideología y práctica de una empresa cuyos ingresos dependen de que esas ideas se conviertan en política de Estado, cuanta más gente acepte que la seguridad exige vigilancia total y rearme permanente, más contratos firma Palantir. Presentar el interés comercial de un proveedor de armas y vigilancia como destino civilizatorio de lo que algunos llaman «occidente» no es un exceso retórico ocasional, sino la función que cumple todo relato que necesita convertir el beneficio privado en necesidad histórica. En clave marxista, privatizan las ganancias y los medios que hacen posible toda la operación, socializan las pérdidas para aumentar sus ingresos a cuenta del sufrimiento y el trabajo del pueblo.

Esa doctrina ya tiene cuerpo administrativo. Palantir sostiene desde hace más de una década el sistema de gestión de casos de ICE, la agencia de inmigración estadounidense, contrato que en 2022 alcanzó los 139 millones de dólares. En abril de 2025 se sumó ImmigrationOS, adjudicado sin concurso público por 30 millones de dólares para unificar selección de objetivos, seguimiento de la autodeportación y logística de detención y expulsión en una sola plataforma. Uno de sus módulos genera fichas individuales —nombre, fecha de nacimiento, fotografía y una puntuación de confianza sobre la ubicación del objetivo— alimentadas, según reportes, incluso con datos de Medicaid. La deportación se administra, así como una operación de videojuego, y organismos de derechos civiles advierten que nada impide que ese aparato, construido para perseguir a trabajadores migrantes, se extienda hacia cualquier otro sector de la población, como ya se ha reportado con manifestantes.

Fuera de Estados Unidos, Palantir formalizó en enero de 2024 una asociación estratégica con el ejército israelí para misiones de guerra, tres meses después del inicio de la ofensiva sobre Gaza. Mantiene, según reportes, un puesto permanente en el centro que coordina la ayuda humanitaria a la Franja, mientras su director ejecutivo ha admitido que la tecnología de la empresa se usa, en ocasiones, para matar. Palantir niega haber desarrollado los sistemas de selección de blancos del ejército israelí, pero no niega su lugar en ese aparato de guerra, ni sus más de veinte contratos con instituciones públicas británicas, ni sus vínculos con Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. La empresa se enorgullece de no vender su tecnología a China ni a Rusia; ninguna objeción similar le impide trabajar con monarquías absolutas o con fuerzas armadas señaladas ante tribunales internacionales. La coherencia no está en los principios que declara, sino en el único criterio de ¿qué Estado puede pagar y garantizar el contrato?

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En Washington esa lógica ya no necesita disfrazarse de «libre mercado». Peter Thiel fue mentor, empleador y principal financista de JD Vance, a quien respaldó con quince millones de dólares antes de acompañarlo hasta la vicepresidencia. Desde el regreso de Trump al poder, Palantir ha recibido más de 1 300 millones de dólares en contratos federales de más de una decena de agencias, incluido uno de mil millones con Seguridad Nacional para las operaciones de ICE, mientras un antiguo ingeniero de la empresa dirige hoy la tecnología del Departamento de Salud. La valoración bursátil de Palantir, superior a los 300 000 millones de dólares, con ingresos gubernamentales que crecieron 84 % en el primer trimestre de 2026, no mide la utilidad de un producto, mide el precio que el mercado pone al tener accionistas propios dentro del aparato del Estado. Años atrás, Thiel escribió que ya no consideraba compatibles la democracia y la libertad; la trayectoria de su empresa hacia el centro del poder estatal puede leerse como la puesta en práctica de esa convicción.

Nada de esto avanza sin manifestaciones propias de la organización y la lucha de la clase obrera. Trece extrabajadores de Palantir firmaron una carta pública contra la colaboración de la empresa con el gobierno de Trump, siguiendo el camino que antes abrieron empleados de Google y Amazon al negarse a sostener contratos militares similares. Legisladores exigen explicaciones, organismos de Derechos Humanos documentan cada contrato, y comunidades migrantes y trabajadoras organizan su propia defensa frente a un aparato que las señala como objetivo. La piedra vidente promete un control total, pero no resuelve las tensiones que la hicieron necesaria —entre el capital y quienes lo sostienen con su trabajo, entre los países que dan las órdenes y los que reciben las bombas o las deportaciones—; apenas las administra y, al hacerlo, las profundiza. Ningún ojo, por sofisticado que sea su software, ha logrado ver lo único que de verdad debería temer: la organización de aquellos a quienes observa, que son la fuerza más grande y poderosa de todo el mundo.

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