
Nos matan por decidir ser independientes; nos matan porque no estamos dispuestas a ceder ante los deseos o fetiches de los hombres; nos matan por la falta de atención médica adecuada en un sistema de salud que, además de ser pésimo, no cuenta con atención especializada para las mujeres; y nos matan porque, ante la presión social a la que somos sometidas respecto a la belleza proliferan centros estéticos, que no tienen escrúpulos en realizar procedimientos sin los debidos cuidados médicos o utilizando productos de pésima calidad.
Ese es el caso reciente de Yulixa Toloza y Blanca Adriana Vázquez. Yulixa, una mujer colombiana de 52 años, fue sometida a una lipólisis láser en un centro estético de un barrio popular de Bogotá. Durante el procedimiento le perforaron un pulmón y, en lugar de trasladarla de urgencia a un hospital, como si fuera un bulto de escombros, la abandonaron en una vía entre Apulo y Anapoima, donde fue encontrada seis días después. Blanca, una mujer mexicana de 37 años, se practicó un procedimiento de reducción de grasa en la ciudad de Puebla. Después de que su esposo salió a buscar unas gasas, al regresar ella ya no estaba, ni tampoco el personal de la clínica. Fue abandonada en una barranca del municipio de Tlaxcala y encontrada muerta cuatro días después de su desaparición.
En los casos de Yulixa y Blanca el desenlace fue la muerte, pero existen muchos otros en los que, aunque las mujeres sobreviven, los procedimientos estéticos les dejan el cuerpo desfigurado y secuelas que incluso las incapacitan, y no necesariamente en centros de estética improvisados. Uno de esos casos es el de la periodista colombiana Lorena Beltrán, quien se practicó una reducción de senos en un centro estético de un estrato social más alto, donde el cirujano tenía títulos universitarios. Sin embargo, el procedimiento fue realizado de manera inadecuada dejándole secuelas y deformaciones. Ella denunció el caso al descubrir que muchos de esos títulos habían sido obtenidos de manera exprés y que, detrás de ello, existía toda una red de médicos que, con certificaciones obtenidas en pocos meses en Brasil, continúan practicando procedimientos estéticos bajo la misma lógica que impera en los centros de Bogotá, Puebla y en el mismo sistema de salud de nuestro país: obtener ganancias a costa de los pacientes —¡perdón!, clientes—.
En el mercado de la belleza, estos comerciantes se aprovechan del predominio de la ideología burguesa que impone determinados estándares de belleza para garantizar el consumo de todos sus productos asociados. Dichos estereotipos, son especialmente difíciles de alcanzar para muchas mujeres del pueblo empezando por la alimentación, que no puede compararse con la que consumen, por ejemplo, las Kardashian, pertenecientes a las clases altas, quienes exhiben en sus realities cuerpos y estilos de vida llenos de lujos. Lo mismo sucede con influencers, modelos y actrices, que venden la idea de un cuerpo perfecto, un rostro perfecto y una vida perfecta, poniéndonos a todas a soñar con una realidad ajena. Un terreno fértil para los mercachifles que montan centros de belleza, clínicas privadas y convierten a países como el nuestro en destinos de turismo estético.
En particular, en Colombia, donde predomina la ideología de la narco estética, se difundió la idea de que las mujeres colombianas son «las más bonitas», que «sin tetas no hay paraíso» —así intenten remediarlo con novelas como Sin senos sí hay paraíso— y se promovió un modelo aberrante de turismo sexual donde menores de edad son vendidas a extranjeros como mercancía. Todo ello sembró la necesidad de las cirugías para «perfeccionar» partes del cuerpo consideradas «imperfectas» por la sociedad de consumo, una sociedad que necesita vender y vender constantemente. Así, cada vez más mujeres terminan despreciando su físico, de dónde vienen y quiénes son, y se ven empujadas a hacer lo que sea necesario para cambiar su realidad que no se parece a la de las Kardashian.
Yulixa, Blanca, Lorena… y todas las mujeres víctimas de este mercado de la belleza son víctimas de un capitalismo voraz al que solo le importa la ganancia. La vida y la integridad de las personas no valen nada: si una mujer muere, la tiran en una carretera y continúan vendiendo; si su cuerpo queda destruido, no importa, la silencian si denuncia y siguen comercializando «belleza». Yulixa era una mujer importante para otras personas, tenía sueños; Blanca tenía una familia que la esperaba; Lorena quería desarrollarse profesionalmente. Todas ellas son seres humanos valiosos, pero el mundo burgués les arrebata esa dignidad y las reduce a mercancías.
Es hora de cambiar este orden absurdo que pone patas arriba nuestra existencia como sociedad. No tienen por qué seguir muriendo más mujeres por ser tratadas como mercancías o como propiedad privada. El capitalismo debe ser enterrado, y junto a él su absurda hegemonía ideológica.
Ahora bien, mientras nos preparamos para darle sepultura —y como parte de esa preparación— es urgente la organización y la lucha para obligar al Estado burgués a regular todos los centros estéticos, no solo los improvisados de barrio, sino también los llamados «prestigiosos». Es necesario garantizar un sistema de salud integral para las mujeres, que atienda sus necesidades específicas, establezca planes de prevención y cuidado, y brinde atención psicosocial adecuada, además de mejores salarios que permiten tener una mejor calidad de vida.
Además, es fundamental participar activamente en la lucha de clases, pues es allí donde nuestras prioridades deben transformarse: pensar en cómo construir un mundo distinto para nosotras y cómo impedir lo que le sucedió a Yulixa, Blanca,Lorena y todas aquellas que no salen en noticias; un mundo donde las mujeres puedan vivir y desarrollarse plenamente, sin sentirse objetos que se compran, se venden o se destruyen, y donde hagan parte de una transformación real que cambie, de una vez y para siempre, este mundo al revés.






