
El movimiento obrero y revolucionario de Colombia debe comprender las condiciones históricas, objetivas y subjetivas que le atraviesan. Así, podrá cambiar la historia desde lo existente, sobreponiéndose a las adversidades. Sin embargo, tanto el izquierdismo como el reformismo imponen una línea que, bajo su perspectiva es inquebrantable, de este modo ajustan la realidad a su visión y no su posición a las condiciones reales, concretas, existentes de cada periodo histórico.
El marxismo no traza ninguna de estas líneas. Al contrario, invita a ajustar la táctica conforme cambien las condiciones económicas, sociales o políticas. Es decir, invita a romper el techo que el pensamiento sectario y anticientífico impone, por lo que el presente artículo invita a nuestros lectores a romper con la línea del reformismo.
Para empezar, es preciso aclarar que el marxismo no rechaza la lucha por reformas ni las formas pacíficas de hacer política, pues la lucha por reformas mejora las condiciones de vida de nuestra clase, permitiendo así, por ejemplo, algunas oportunidades para la militancia revolucionaria como mayor tiempo para la formación política, para la organización, para la preparación física, para la creación artística al servicio de la causa obrera, para la educación, mayores libertades políticas, etc. Sin embargo, el marxismo sostiene que es necesario y posible superar al sistema económico y político que hace de la lucha por reformas una lucha necesaria.
Tomemos un ejemplo práctico, la lucha sindical. Esta es una lucha que se desarrolla en el terreno económico para afectar la ganancia de la burguesía mediante mejores salarios o reduciendo la jornada laboral y con ello mejorando las condiciones de la clase obrera. Pero esta llegará hasta un punto, como ya se ha visto, en el que el capitalista optará por los despidos, por acabar con las empresas que son de su propiedad, trasladándose a otro sector de la producción, o por financiar conflictos bélicos, pues el despojo le permite la obtención de fuerza de trabajo y materias primas a bajo costo para continuar con la producción.
A su vez, el reformismo confía en que el capitalismo puede ser «humanizado» o transformado si colaboran «los de abajo con los de arriba» lo que debilita la conciencia de clase y la organización independiente de los trabajadores, disolviendo sus intereses en los intereses de la burguesía.
En ese sentido, las reformas pueden debilitar o fortalecer la conciencia obrera. Sin embargo, corresponde a los comunistas emplear la lucha por reformas con el objetivo claro de elevar la conciencia obrera entre las masas, de lo contrario, cualquier lucha o conquista que no implique un golpe fuerte a la burguesía será aprovechada por la misma para su posterior fortalecimiento. Por sí solas, las reformas y la lucha por estas, no son contradictorias con el capital, pero si son percibidas como tareas necesarias para el fortalecimiento de la conciencia y la lucha obrera ya la burguesía se le hará más difícil emplearlas a su favor.
Los comunistas no podemos «fetichizar» la reforma ni la toma del poder, quedándonos en la crítica general del capital, sin intervenir en los intereses inmediatos de las masas a través de reformas concretas. Esto significa abandonar a los trabajadores a su suerte o incluso a la influencia del reformismo pequeñoburgués servil al capital. No podemos solo hablar de lo que haremos mañana, sino intervenir hoy dentro de la clase obrera. Así, los comunistas podremos aprender de las masas, de su experiencia en la lucha, de sus victorias e incluso de sus errores en la lucha por reformas, explicándoles que el límite de su lucha no está en las reformas mismas, sino en la abolición de toda forma de explotación.






