La tendencia «tradwife»: contrarrevolución con delantal de lino

La tendencia «tradwife»: contrarrevolución con delantal de lino 1

Cada mañana, millones de mujeres abren TikTok o Instagram y se topan con la misma liturgia. Una mujer joven, casi siempre blanca, casi siempre delgada, filmada con la luz dorada de un atardecer de granja, amasa pan mientras una voz en off susurra que ha encontrado la «verdadera feminidad». Sonríe. Sirve el café a un marido que regresa de un trabajo del cual ella, según nos cuenta, ha sido «liberada». Se presenta como una mujer sometida, tradicional, plena. Bienvenidos al imperio digital de la tradwife: la esclavitud doméstica remasterizada en alta definición y vendida, con perfecto cinismo publicitario, como emancipación.

No hace falta demasiada sofisticación teórica para oler la trampa. Basta con formular la pregunta más elemental que enseña el materialismo histórico ¿quién produce este contenido, con qué medios de producción, y a quién beneficia? Porque la influencer tradwife, en la inmensa mayoría de los casos, no es una mujer que haya renunciado al trabajo, es una trabajadora del espectáculo de su propia domesticidad, una productora de contenido que monetiza minuciosamente cada gesto «espontáneo» para un público de mujeres que jamás podrá costear ese estilo de vida. Detrás de la granja idílica suele haber patrimonio heredado, un esposo con ingresos altos o con negocios, o un contrato publicitario que exige jornadas de filmación, edición y negociación con marcas. La «vuelta al hogar» no es una renuncia al trabajo, es una nueva forma de trabajo, no reconocida como tal, disfrazada de vocación.

La familia no es un refugio, es una relación de propiedad

Para entender por qué la tendencia tradwife no es una anécdota inofensiva de internet sino una operación ideológica reaccionaria a su vez parte de la ideología burguesa, hay que formular la pregunta que el marxismo lleva más de un siglo haciendo ¿de dónde proviene la opresión de la mujer? No solo de la maldad individual de los hombres —que jamás debe negarse— ni de un simple déficit de representación mediática, sino de la estructura material de la familia monógama burguesa, nacida —como mostró Engels— junto con la propiedad privada y la necesidad de asegurar la herencia patrimonial mediante una paternidad certificada. En ese arreglo histórico, la mujer dejó de ser productora social para convertirse en garante de la propiedad y en reproductora gratuita de fuerza de trabajo. La expresión «tradwife» no rescata ninguna tradición armoniosa perdida, sino que reactualiza, con estética artesanal y filtro cálido, exactamente esa relación de dependencia.

Aleksandra Kollontai comprendió esto con una lucidez que sigue siendo devastadora un siglo después. En 1920 denunció que, bajo el capitalismo, la mujer trabajadora no elige una carga, la sufre de manera triplicada. «La mujer se agota como consecuencia de esta triple e insoportable carga», escribió en El comunismo y la familia, refiriéndose a la mujer que es simultáneamente asalariada, ama de casa y madre. Un siglo después, la ola tradwife promete «liberar» a la mujer eliminando solo la más visible de esas tres cargas —el salario propio— mientras intensifica las otras dos y las disfraza de vocación espiritual. Eso no es liberación. Es la misma jaula, con los barrotes pintados de dorado y fotografiados con buena luz.

La fantasía que la mujer proletaria no se puede costear

Aquí está el corazón de la estafa. La tradwife exige, como condición material de posibilidad, un ingreso único capaz de sostener un hogar entero. Exige, en otras palabras, exactamente lo que la inmensa mayoría de las familias proletarias no tiene ni tendrá jamás bajo el capitalismo contemporáneo. Mientras la influencer amasa pan frente a la cámara, millones de mujeres reales —obreras textiles, trabajadoras de plataformas, empleadas domésticas, cajeras, enfermeras— hacen doble y triple jornada en la fábrica, oficina, institución educativa o almacén de día, casa y crianza de noche, sin niñera, sin huerto con gallinas, sin editor de video, sin marca patrocinadora que pague las deudas. Para la mujer proletaria, el ideal tradwife no es una opción disponible sobre la mesa, es un espejo deformante que le susurra que su agotamiento es un fracaso personal por no haber «elegido» bien, en lugar de reconocerlo como la consecuencia real y directa de un sistema que exige que produzca plusvalía durante el día y reproduzca gratis la fuerza de trabajo durante la noche.

Clara Zetkin fue tajante al respecto: la emancipación de la obrera nunca vendrá de un repliegue hacia el hogar, ni de una alianza de género con las mujeres de la burguesía, sino de la lucha de clases. «La mujer proletaria combate codo a codo con el hombre de su clase contra la sociedad capitalista», nos advirtió ya desde 1896. Aquello que llaman «tradwife» le ofrece a la mujer trabajadora exactamente lo contrario de esa consigna; en lugar de organización colectiva, resignación individual; en lugar de derrocar el sistema que la explota, decorar con gingham y velas aromáticas la jaula que ese mismo sistema le construyó.

Nostalgia reaccionaria: la política detrás del delantal

Sería ingenuo tratar la tradwife como un fenómeno espontáneo y despolitizado. Las investigaciones sobre el tema documentan sus vínculos directos con discursos de extrema derecha, natalismo reaccionario y pánico demográfico. Se le dice a la mujer que su cuerpo reproductivo es un deber patrio —como lo planteara alguna vez Daniel Oviedo, entonces candidato presidencial en Colombia—, que la anticoncepción la «engañó», que el feminismo la dejó «sola y agotada» y que la única salida es regresar, sonriente y agradecida, bajo la autoridad de un hombre. No es casualidad que esta estética conviva, en el mismo ecosistema de redes, con discursos abiertamente misóginos y con una nostalgia selectiva por los años cincuenta que jamás menciona la ausencia de derechos legales, la violencia doméstica impune, ni la reclusión sistemática de la mujer en el hogar. Se trata de una operación de restauración ideológica: convencer a la mujer trabajadora de que su enemigo no es el capital que la explota, sino su propia independencia.

Ni «girlboss» ni «tradwife»: la falsa disyuntiva burguesa

Recordemos no caer en la trampa de creer que el antídoto contra la tradwife es el feminismo liberal de la ejecutiva que «lo tiene todo» mientras subcontrata su propia carga doméstica a otra mujer, casi siempre racializada y migrante, por un salario miserable. Ese feminismo de oficina gerencial y la tradwife de granja instagrameable son dos ofertas complementarias de la misma clase dominante. Ambas individualizan un problema estructural, ambas convierten la liberación de la mujer en un asunto de elección personal dentro del mercado, y ambas dejan absolutamente intacta la organización capitalista del trabajo doméstico. Ninguna de las dos le sirve a la vendedora ambulante, a la costurera, a la recolectora de café, a la cuidadora de ancianos, a la limpiadora de oficinas, a la profesora de colegio o docente universitaria precarizada.

Mao Zedong, en el proceso de movilizar a millones de mujeres chinas hacia la producción social y la vida pública durante la Revolución China, resumió el principio exactamente opuesto en una consigna que recorrió el mundo entero: «las mujeres sostienen la mitad del cielo». No es una metáfora decorativa, es una afirmación material sobre el lugar que le corresponde a la mujer en la producción social y, por tanto, sobre su derecho a participar plenamente en la vida económica y política en pie de igualdad. La tradwife invierte ese principio, pidiéndole a la mujer que renuncie a sostener su mitad del cielo y se conforme, sonriente, con barrer el suelo de la cocina de otro.

Lo que necesita realmente la mujer proletaria

La respuesta revolucionaria al agotamiento real que sienten millones de mujeres trabajadoras —ese agotamiento que la propaganda tradwife explota con total cinismo comercial para venderles nostalgia— no es retroceder hacia la dependencia económica de un hombre, sino exigir la socialización del trabajo doméstico con guarderías públicas y gratuitas, comedores colectivos, jornada laboral reducida sin reducción salarial, licencias de cuidado iguales para todas las personas cuidadoras, salarios que no dependan del género de quien los recibe. Ninguna de estas demandas se resuelve amasando pan frente a una cámara ni negociando individualmente con un marido «proveedor». Se resuelven organizándose, como obreras, junto a otras obreras y sus compañeros de clase por la revolución socialista.

La tradwife, en definitiva, no es una tradición recuperada, es en realidad una mercancía reaccionaria fabricada precisamente en tiempos de crisis del cuidado, precariedad laboral y desilusión con un capitalismo que le prometió a la mujer «tenerlo todo» y solo le entregó dos trabajos en lugar de uno. Es la respuesta que la clase dominante ofrece cuando teme que las mujeres trabajadoras descubran la verdadera solución a su cansancio no es un marido que las mantenga, sino una clase organizada que derrote al sistema que las agota a todas por igual. Frente al delantal de lino y la sonrisa de comercial, la salida real sigue siendo la misma que señalaron Kollontai, Zetkin y Mao hace más de un siglo la emancipación de la mujer no se hornea en casa: se conquista en la lucha por el socialismo.

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