
Por: A.O.
Desde el viernes 24 de julio, Cisjordania atraviesa una de sus escaladas más graves desde el recrudecimiento del genocidio en Palestina. Un enfrentamiento cerca de la aldea de Tal, al suroeste de Naplusa, dejó cuatro palestinos y dos soldados israelíes muertos, después de que un grupo de colonos sionistas—varios de ellos armados— irrumpiera en la zona. El ejército sionista israelí respondió anunciando el inicio de una operación militar de gran alcance; con tropas irrumpieron por la fuerza en más de diez localidades, impusieron toque de queda sobre Naplusa, ingresaron al Hospital Especializado para detener a heridos y arrestaron a más de setenta palestinos en gobernaciones como Ramala y Hebrón. Colonos, en varios casos escoltados por el propio ejército, incendiaron mezquitas, arrasaron olivares y sabotearon pozos de los que dependen cien mil personas. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, llegó a afirmar que ciertas aldeas debían terminar reducidas a escombros, equiparándolas con barrios ya arrasados en operaciones anteriores.
La prensa de la burguesía describe estos hechos como un «ciclo de violencia» entre dos partes equivalentes. Pero lo comunistas sabemos que esa lectura es una mistificación y un lavado de cara. Lo que ocurre en Cisjordania no es un choque étnico simétrico, sino la manifestación concreta de una contradicción de clase y de nación: el colonialismo de asentamiento sionista, sostenido militar y económicamente por el imperialismo estadounidense, frente a un pueblo palestino despojado de su tierra desde la Nakba de 1948.
Lenin definió al imperialismo como la fase superior del capitalismo, la etapa del capital monopolista que exporta no solo mercancías, sino también dominación territorial directa. El ente colonial y genocida de Israel no es un simple aliado de Washington; funciona como avanzada militar del imperialismo en el corazón del Medio Oriente, garantizando que los hidrocarburos y las rutas comerciales de la región permanezcan bajo tutela occidental. El armamento y los créditos que sostienen cada incursión en Tulkarm o Yenín no surgen del vacío, sino que llegan, en última instancia, del Tesoro y la industria militar estadounidenses.
El maoísmo aporta a este análisis su comprensión de la cuestión nacional en parte con la cuestión de la tierra. El despojo a los aldeanos campesinos —pozos saboteados, olivares incendiados, la anexión reptante mediante asentamientos— reproduce, enclave colonial, el mismo mecanismo de acumulación por despojo que Mao denunció en la China semicolonial dominada por potencias extranjeras. La diferencia es que aquí el colono no llega y se va, se instala de forma permanente sobre el territorio ocupado, con el objetivo declarado de sustituir a la población autóctona, en una palabra ¡es un genocidio!
Cualquiera que se diga comunista reconoce el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación, incluido el derecho a resistir por medios armados frente a una ocupación militar prolongada. Reconocer ese derecho implica rechazar la falsa equivalencia entre el poder de un Estado con fuerza aérea, arsenal nuclear no declarado y respaldo diplomático del Consejo de Seguridad de la ONU, y un pueblo colonizado que resiste con los medios que tiene a su alcance. Reconocer el derecho a la autodeterminación es, entonces, reconocer el derecho a la Revolución Socialista.
Del mismo modo, también exige una crítica hacia la Autoridad Palestina, cuya dirección peca de burguesa y conciliadora, limitada a la condena verbal y a la coordinación de seguridad con el propio ocupante, incapaz de romper con la lógica de Oslo. Tampoco alcanza la mediación diplomática de Washington ni la fórmula de «dos Estados», que nunca resolvió la cuestión de fondo —la propiedad de la tierra y el retorno de los refugiados— y que hoy resulta prácticamente inviable ante el avance constante de los asentamientos. Lo anterior también como consecuencia del debilitamiento —con complicidad de la Autoridad Palestina— de los frentes de vanguardia en la Palestina ocupada como el Frente Popular para la Liberación de Palestina – FPLP o el Frente Democrático para la Liberación de Palestina – FDLP, ambos comunistas y los cuales, contrario a la Autoridad Palestina encabezada durante décadas por Yasser Arafat, fueron perseguidos, encarcelados y martirizados por los colonos sionistas israelíes.
La ofensiva actual sobre Cisjordania confirma que no existe coexistencia pacífica posible bajo un régimen colonial y el capitalismo imperialista que lo sustenta. La tarea histórica no es administrar el statu quo sino construir una dirección revolucionaria capaz de unir a obreros, campesinos y refugiados palestinos en una lucha por su liberación y hacia la revolución socialista, articulada con la solidaridad internacional de los pueblos y las fuerzas antiimperialistas del mundo. Solo la derrota del proyecto colonial sionista, en cuanto proyecto, puede abrir paso al necesario levantamiento del proletariado mundial por su emancipación definitiva.





