
A nuestro correo llegó el siguiente escrito de un estudiante, lector de nuestra prensa al que le agradecemos por hacernos llegar sus valiosas y revolucionarias ideas. El escrito del compañero parte de la justeza que tiene para el pueblo la violencia revolucionaria contra sus opresores y explotadores. Las contradicciones del proletariado con la burguesía, los terratenientes e imperialistas son antagónicas, es decir, sólo se pueden resolver por medio de la fuerza, y la balanza se inclinará siempre hacia la clase que esté mejor preparada ideológicamente y mejor organizada, la que más sepa movilizar sus fuerzas y usar los recursos, etc. Para el proletariado revolucionario es fundamental apoyarse en las masas, que son las hacedoras de la historia por medio de su lucha. No para autodenominarse como el protector del protector, pues el proletariado revolucionario, los estudiantes conscientes, no son los salvadores supremos de las masas, sino, sus dirigentes políticos que ayudan a organizar y a encauzar la rebeldía espontanea de las masas hacia la noble causa del Socialismo científico. Por lo tanto, su papel no es el de proteger a las masas, sino, el de racionalizar las experiencias de lucha y organizar, como parte de las masas mismas, las mejores formas de dar golpes certeros y sorpresivos al enemigo, aún sabiendo que en toda lucha existe la probabilidad de sufrir golpes, pero también de propinarlos.
Esta opinión es muy oportuna, más en momentos en que desde el establo parlamentario están tratando de aprobar una ley «anti-capuchos» que modificaría el Código Penal, proyecto de ley radicado por el cavernario representante a la Cámara, Jaime Arizabaleta, el llamado «Bukele caleño» del partido de la mafia, el Centro Democrático. Para los revolucionarios es muy importante tomar medidas de autoprotección y masificarlas entre todos los luchadores que se enfrentan a las clases dominantes para evitar al máximo que les puedan ejecutar el terrorismo de Estado, y cubrir el rostro en medio de la dictadura de los ricos es válido cuando no se usa como un fin en si mismo sino, como una medida concreta de seguridad para evitar ser detectado por los organismos de seguridad que buscarán por todos los medios la judicialización o el perfilamiento de los luchadores revolucionarios.
Llamamos a que nos sigan escribiendo sobre este asunto tan importante, más aún cuando se viene un gobierno represivo que usará métodos fascistas para tratar de aplastar la lucha revolucionaria del pueblo trabajador.
Revolución Obrera
«Y miren lo que son las cosas, para que nos vieran, nos tapamos el rostro; para que nos nombraran, nos negamos el nombre; apostamos el presente para tener futuro; y para vivir… morimos»”.
Subcomandante Marcos (1995)
Los estudiantes revolucionarios disponemos de una obligación ética sobre nuestra alma mater: su defensa y la defensa del estudiantado. Para esto debemos pensarnos nuevamente – y más en esta era de la información – el uso de la capucha como herramienta de autocuidado y cuidado del otro; reconociendo sus límites, ventajas y riesgos, no como un accesorio, no como un juguete, sino como la protección del protector. Por esto, en este breve artículo, recordando el «Mucho tropel, poca táctica», debemos pensarnos cómo reestructurar la capucha para volver a la acción de autodefensa violenta y retomar la caperuza con una construcción de táctica real y entender la capucha como el órgano violento que atiende a las necesidades, como espada y escudo del movimiento estudiantil legal, construyendo una relación simbiótica entre uno y otro.La situación para esto no es la más alentadora, con la derrota electoral de la socialdemocracia y el avance del neofascismo presente con sus características más reaccionarias en las instituciones que más afectan los procesos estudiantiles, tanto revolucionarios como reformistas , y claro, la inevitable reorganización del ESMAD -hoy UNDMO-_ con sus ya bien conocidos escuadrones de la muerte contra el proletariado. las universidades públicas y el movimiento estudiantil enfrentan el peor de los escenarios, porque después del gobierno conciliador de Gustavo Petro, la respuesta violenta de la burguesía para quitar cualquier logro se verá combinada con una falta de preparación y organización general de proyectos de autodefensa: ¡O peor aún! proyectos de autodefensa organizados «militarmente» pero totalmente despolitizados, que salen al tropel por gusto o por adrenalina. Lamento avisarle, compañero, pero la capucha no es un accesorio y el tropel no es su campo de paintball.
Esta ausencia de organizaciones clandestinas organizadas política y logísticamente, con una perspectiva revolucionaria, o que algunas que sí estén, desborden su mal uso, debe responderse con —al menos en mi criterio— un par de cosas que, para funcionar, necesitan la participación de cualquier estudiante revolucionario, de cuantos estudiantes militantes en otras corrientes reformistas sea posible y, claro, de cualquier simpatizante que respalde el uso de la capucha.
Ahora, ¿cuáles son esas cosas? En este nuevo siglo, los discursos y las consignas son la entrada a la acción política. Por esto, nosotros debemos centrarnos en la construcción de una nueva forma de entender el movimiento estudiantil que traiga a estas nuevas generaciones de estudiantes y a aquellas viejas generaciones que viven el mal del olvido, a los capuchos, como lo que son: estudiantes organizados encargados de utilizar la fuerza y la clandestinidad para responder tácticamente a una parte del monopolio de las armas del Estado. Con esto, nuestra cuidadosa labor, desde los procesos legales y las acciones puntuales, es agitar y organizar con el método revolucionario desde las movilizaciones y plantones, llevar otra vez el tema a la mesa en los círculos de confianza, permitir al movimiento estudiantil la radicalización de nuestros proyectos y el rechazo a la reacción.
Debemos entonces volver a apuntar a la acción directa como común denominador del movimiento; normalizar y tomar a los procesos de autodefensa como lo que son: una parte del movimiento estudiantil, como cualquier otra colectividad, con una responsabilidad específica sobre la seguridad y la acción directa, nuestra espada y nuestro escudo. Esto, entonces, en las manos de todo revolucionario, consiste en preparar los caminos que las mujeres y los hombres valientes recorrerán rumbo al tropel. Y esto nos lleva a otro punto, quizás un poco más delicado, para conquistar un cambio en el movimiento estudiantil se debe reestructurar la acción de los capuchos y, para ello, se debe cambiar la forma en la que se organizan y, sobre todo, quienes se organizan.
En ese orden, me lleva a dos cosas puntuales sobre su reestructuración: la preparación de todo revolucionario para la acción directa esporádica, cuando esa espada no sea un confiable grupo de compañeros bien organizados; y, aún más importante, la guía política y las recomendaciones que desde el marxismo y su praxis podamos ofrecerle a estas brigadas, comandos o frentes. No puedo, pues, profundizar en lo primero porque me sería irresponsable dejar de teorizar y pasar a organizar sin conocer las condiciones puntuales, pero sin duda puedo brindar una serie de recomendaciones a cualquiera que tenga el valor de usar la caperuza de forma ética y revolucionaria.
La primera de estas recomendaciones es clara. Su criterio no debe ser la decisión tomada únicamente desde su propia perspectiva del mundo. La acción del encapuchado debe, sobre todas las cosas, responder a las necesidades puntuales del movimiento estudiantil legal. Es pues una necesidad obligatoria la simbiosis entre uno y otro, y esto no solo debe significar que el movimiento legal, arriesgándose, abra el camino a los clandestinos; sino que también debe ofrecer una serie de deberes al capucho, tal y como el resto de estudiantes, ustedes deben regirse por la dirección de la asamblea o de la masa. Su criterio, como es para el buen revolucionario, no es su sesgo, sino las masas. No deben ser ofensivos en llamas contra la tanqueta solo por el placer de serlo, sino porque nuestro horizonte es ver las llamas y no un compañero herido o arrestado. La acción clandestina debe servir como el ejecutor y defensor de la asamblea, el grito de la masa y el paro.
¿Y esta ejecución cómo se logra? La preparación constante y la disciplina. Está claro, pues, que no tengo ni la autoridad ni la capacidad para orientar y construir una guía de cómo ser capucho, pero sí puedo decir que la formación política, la formación militar y, sobre todo, la formación logística serán lo que evite que muera un compañero en un tropel. Prepararse y formarse, saber qué hacen, por qué lo hacen, para qué se hace y cómo se hace, pues ustedes no pueden ejecutar una práctica revolucionaria sin comprender el profundo sentido revolucionario de la práctica. Primero se forman, después se organizan, construyen logística con sus capacidades materiales, construyen inteligencia militar y, sobre todo, un vínculo directo con el resto de las líneas movilizadoras y el movimiento estudiantil. Y allí, cuando la cosa esté lista, cuando cada cosa esté en su lugar y la dirección de la masa sea una, allí la capucha debe salir a reducir y ejecutar todo lo que no puede hacer quien lleva la cara descubierta.
Será distinta la experiencia en cada lugar del país, pero si de algo estoy seguro es que, si ellos retroceden en derechos, nosotros debemos duplicar la seguridad y triplicar el asalto. Solo así podemos tener una línea defensiva clara y, aunque sea una remota experiencia, para algún buen día convertirla en la toma del cielo por asalto. Esperemos pues que en épocas próximas veamos la táctica en el sacro baile del tropel.
Un lector






