
Madre: no quieras
que me lleven de las costas, abre las ventanas en la noche, de la luna. Mira:
¡vienen por allí los claros del río!…
Diles que me dejen aquí, al pie de este hilo, encima de estas sombras de higueras, de sol, tranquilas, concurridas de canónigos a lo viudo, panzudos de arrope, con los cuales se confiesan abejas, rumorosas, largamente. Madre, madre: te amo. Porque te dolí más que una muela cuando me pariste. Porque las veces que tenía ganas de oler, me ponías en cuclillas con un gesto tuyo, sólo sabido por tu ojo de aquel lado. Porque cuando venía el doctor a verme enfermo tomabas, dolorosa, a tu blancura izquierda el pulso… Pero que me dejen… ¡Es tan bello el vino con luna, bebido a medianoche de pechos sobre la sierra con rescoldos del mediodía! ¡Además! Si me llevan, no sabré que los ciegos no necesitan espejos porque, aunque no están con su imagen, valdría más hacerlos añicos a todos…
Fragmento de «Yo la Madre Mía», de Miguel Hernández
Hace ya una semana vimos en las redes sociales a una madre que, con recia voz, le decía al presidente ADLE y al Ejército Nacional: «No le vamos a permitir […] que reclute a uno de nuestros jóvenes en el territorio, porque nosotras, las madres del Catatumbo, no parimos hijos e hijas para la guerra».
Quien lo decía es la presidenta de la Asociación de Madres del Catatumbo por la Paz, Carmen García, quien, junto a otras madres del Catatumbo, lleva años organizada para impedir que sus hijos sean reclutados por los diferentes grupos armados ilegales que operan en la zona.
Mira aquí la denuncia de las madres del Catatumbo: https://www.instagram.com/reel/DcNFlRPujA9
Según el último reporte de la ONU, del 16 de febrero, el reclutamiento de menores en Colombia aumentó un 300 % en los últimos cinco años. Estos grupos armados, como las disidencias, los paramilitares y la guerrilla del ELN, si bien reclutan a población civil mediante promesas de salario, entrenamiento y venganza, también han llevado a jóvenes de forma violenta para incorporarlos a sus filas. Esto ha obligado a las madres a organizarse para impedir el reclutamiento forzado.
¿Quién querría apoyar una guerra reaccionaria? Muy distinto sería si lo que se libra en el Catatumbo fuese una guerra del pueblo, una guerra para enfrentar a los poderosos, donde la comunidad estuviera realmente dirigiendo un proceso de transformación en beneficio de los propios pobladores del territorio. Pero eso no sucede ni en el Catatumbo ni en el resto del país. La guerra que se libra desde hace varias décadas en Colombia es, entre otras cosas, una disputa por las superganancias que producen los cultivos de coca y marihuana, y el pueblo, que no hace parte de este negocio, termina inmerso en ella y siendo víctima.
Ahora resulta que el Ejército Nacional, como cualquier grupo ilegal, llega a la región de La Gabarra, Tibú, para llevarse a los jóvenes. Las madres denuncian que algunos son menores; pero, incluso si fueran mayores y estuvieran aptos para prestar el servicio militar obligatorio en Colombia, las madres de estas regiones tienen derecho a no querer que se lleven a sus hijos para que los maten. Bastante han sufrido con la pérdida de muchos seres queridos como para permitir que el Ejército se lleve también a sus hijos.
No existe un dolor que pueda describir la pérdida de una hija o un hijo. No hay suficientes palabras para expresar lo que puede sentir una madre cuando le arrebatan por la fuerza a sus hijos. Si ellas no quieren que se los lleven, tienen toda la razón. No hay orgullo en servir a la patria si se trata de ir al Ejército Nacional, porque lo que los poderosos llaman patria es, en realidad, la defensa de los privilegios de unos pocos. Mucho menos se puede aceptar que se los lleven los grupos armados ilegales que no tienen objetivos revolucionarios, como es el caso de las disidencias, o que perdieron toda perspectiva de la revolución, como el caso del ELN.
Algún día, cuando haya una verdadera guerra popular en Colombia, será distinto, porque los hijos irán al frente de la lucha por destruir este mundo burgués. Las madres no solo apoyarán que sus hijos hagan parte de las filas de combatientes, sino que ellas mismas harán parte de ellas, porque sabrán con certeza que estarán luchando por una verdadera transformación social, por el interés común y no por el de unos pocos, y para que, en el futuro, ahora sí de verdad, no haya ningún joven ni niño participando en la guerra.
Nos solidarizamos con las madres del Catatumbo.
En cuanto a cómo impedir los reclutamientos, el asesinato de los dirigentes y los bombardeos que el gobierno de ADLE continuará realizando en la región, es necesaria la organización independiente de estos grupos armados y del Estado, en las Asambleas Populares, donde toda la población se prepare de todas las formas posibles para frenar y, si es necesario, enfrentar a todos aquellos que le hacen daño al pueblo.
Recuerden: ¡solo el pueblo salva al pueblo! Esa ha sido una de las mejores lecciones aprendidas de los levantamientos de 2019 y 2021, y del reciente terremoto.






