
Cuando hablamos de la necesidad de una organización revolucionaria de las mujeres como el Movimiento Femenino Revolucionario, retomamos una de las lecciones más profundas de la historia del movimiento obrero: ninguna conquista decisiva de la clase trabajadora ha sido posible sin la participación organizada, consciente y combativa de las mujeres.
A propósito del 1º de Mayo y la conmemoración de la lucha por la jornada laboral, creo necesario rescatar dentro de este hecho histórico las claridades para quienes presentan la lucha de las mujeres como un terreno separado de la lucha de clases.
Como sabemos, el capitalismo incorporó pronto a millones de mujeres al proceso productivo en las condiciones más brutales de explotación: jornadas extenuantes, salarios miserables, trabajo infantil y ausencia total de derechos. De esta manera se garantizó con la mayor crudeza el principal propósito del sistema: extraer la máxima plusvalía a partir de la degradación de la fuerza de trabajo.
Ante esta realidad, las mujeres no fueron pasivas. Desde las primeras huelgas en talleres y fábricas, las mujeres se organizaron, inicialmente de forma dispersa, pero cada vez con mayor conciencia de su papel en la lucha general del proletariado. Este proceso encontró un punto de inflexión con la influencia de la Asociación Internacional de los Trabajadores y, de manera decisiva, con la experiencia de la Comuna de París en 1871.
La Comuna, el primer intento del proletariado por tomar el poder político; fue también el escenario para que las mujeres se organizaran de forma consciente y revolucionaria. Bajo la orientación de la I Internacional, mujeres como Elisabeth Dimitrief impulsaron la creación de la Unión de Mujeres para la Defensa de París. Esta organización no se limitó a reivindicaciones particulares, sino que asumió tareas directamente vinculadas a la reorganización de la producción y la defensa de la Comuna.
Durante su breve existencia, La Comuna tomó medidas que cambiaban las condiciones de vida de la clase trabajadora, como la regulación de la jornada laboral en ciertos sectores, la promoción de cooperativas obreras y la integración de las mujeres en la producción organizada. La Unión de Mujeres conquistó la igualdad salarial, la jornada laboral de 10 horas, la organización de los trabajadores y la transformación del trabajo mismo, mostrando en la práctica que la emancipación de la mujer estaba ligada a la emancipación del conjunto de la clase.
Años después, esta misma dinámica se expresó con fuerza en la lucha por la jornada laboral en Estados Unidos. A finales del siglo XIX, el proletariado norteamericano, compuesto en gran medida por inmigrantes, protagonizó una de las batallas más importantes de la historia obrera: la lucha por la jornada de ocho horas.
En este proceso, las mujeres jugaron un papel decisivo. En 1878, Lucy Parsons, Lizzie Holmes y Alzina Stevens impulsaron la creación de la Working Women’s Union No. 1, que llegó a agrupar a cerca de mil mujeres, entre obreras y amas de casa. Esta organización no se limitó a demandas aisladas, sino que se integró activamente a la campaña por la jornada de ocho horas, organizando a las trabajadoras, difundiendo propaganda y participando en la movilización general.
En 1886, cuando estallaron las grandes huelgas que culminaron en los sucesos de Haymarket, la participación de las mujeres organizadas fue fundamental para la masividad del movimiento. Tras la represión y el asesinato de los Mártires de Chicago, muchas de ellas continuaron la lucha. Lucy Parsons, por ejemplo, recorrió el país organizando campañas, denunciando la represión y sosteniendo la defensa política del movimiento obrero.
La conquista de la jornada de ocho horas no fue inmediata ni resultado de un solo episodio. Fue el producto de décadas de lucha y acumulación de fuerzas en las que la participación de las mujeres organizadas desempeñó un papel clave. Sin esa participación, sin esa capacidad de movilización y organización, las conquistas posteriores no habrían sido posibles.
Este proceso de organización revolucionaria de las mujeres encontró una nueva expresión a nivel internacional con la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en 1910. Allí, las mujeres proletarias, organizadas políticamente, no solo reivindicaron sus derechos, sino que formularon un programa internacional que respondía a las necesidades del conjunto de la clase trabajadora.
Entre sus principales banderas se encontraban la lucha por la conquista de la jornada laboral de ocho horas, la protección del trabajo femenino, los subsidios de maternidad, la creación de guarderías y comedores escolares. Estas demandas no eran concesiones particulares, sino condiciones materiales necesarias para garantizar la participación de las mujeres en la vida política y en la lucha de clases. Es en este contexto que surge la declaración del Día Internacional de la Mujer, precisamente como un reconocimiento a la organización y movilización del proletariado femenino en todo el mundo.
Estas experiencias muestran que las proletarias no avanzaron aisladas, sino como parte del movimiento obrero, organizadas conscientemente y con perspectiva revolucionaria. Cada conquista —de la reducción de la jornada a los derechos sociales— fue fruto de esa unidad de clase. Recordarlas en el Día Internacional de los Trabajadores es clave para enfrentar ideas que fragmentan la lucha, pues la historia demuestra que la fuerza de la clase reside en su unidad.
Hoy, cuando las condiciones de explotación se recrudecen y las grandes conquistas del proletariado son atacadas es imprescindible recuperar estas lecciones para comprender que la organización revolucionaria de las mujeres no es una consigna nueva, sino una necesidad confirmada una y otra vez por la historia del proletariado.
La historia demuestra que no hay victoria posible sin la participación organizada de las mujeres trabajadoras y cuando esa participación se desarrolla para la lucha de clases se convierte en la fuerza capaz de construir una nueva sociedad. La lucha por la jornada laboral no fue solo una lucha económica, fue una lucha por el tiempo, por la vida, por la posibilidad de organización y participación política de la clase trabajadora y en esa lucha, las mujeres estuvieron en la primera línea.






