
Compartimos con nuestros lectores el siguiente aporte enviado por el camarada Lejo, una reflexión acerca de cómo los capitalistas imprimen en nuestras cabezas la culpa, en caso de que deseemos descansar de este infierno de explotación.
Revolución Obrera
Por: Camarada Lejo
Aquellos que aún estamos en el proceso de volvernos proletarios, que no nacimos arropados por el seno de la única clase verdaderamente revolucionaria, somos los que más trabajo debemos llevar a cabo por la venidera revolución proletaria: De lo contrario pasaremos a ser poco más que una curiosidad histórica, como los blancos de Haití con la revolución, o los zaristas de la guerra civil, o, peor aún, los utópicos del siglo XIX.
En aquella lucha por la proletarización debemos deshacernos, ante todo, de los valores que el capitalismo y la explotación más descarnada han impreso sobre nosotros como manchas inmundas. Debemos arrancarnos la mirada patronal: esa idea de que, por derecho de nacimiento, estamos llamados a dirigir simplemente porque sabemos dirigir; de que podemos condenar porque creemos saber cómo deberían ser las cosas. La proletarización solo será posible cuando arrojemos a los fuegos del marxismo la noción misma de «virtudes» y «vicios» dictada por la moral burguesa. Para esta moral, el mayor de los vicios es la pereza: un pecado supremo, casi una enfermedad del espíritu. La burguesía necesita convertir al trabajador en sospechoso permanente de holgazanería, hacerle sentir culpa por el descanso, por el cansancio, incluso por el rechazo a un trabajo alienante. Así, el obrero termina midiéndose con criterios impuestos por quienes viven de su explotación. «¿Cómo osa alguien temerle al trabajo —dicen— si el trabajo es lo único que nos engrandece y nos libera?». Ya lo sugería Franz Kafka en La metamorfosis, al imaginar el hórrido dictamen del médico que habría de revisar al insectoide Samsa: «Para quien todos los hombres están siempre sanos y solo padecen de horror al trabajo ¡al parecer nuestro médico es un burgués de la alta sociedad!
Gran parte de la sociedad burguesa está construida sobre evitar la pereza (de allí que el ocio pueda ser revolucionario), al menos en el seno del proletariado: Con los sueldos hechos una miseria, necesariamente —y según se acerca, cual horizonte implacable, la normalización de toda ganancia—, el trabajo se vuelve privilegio; toda pausa, pereza; toda explotación, todo cansancio, todo agotamiento, ¡pereza, pura y física pereza! Bajo el salario solo puede haber pereza, jamás liberación. Todo esclavo, asalariado o no, acaba rebelándose contra el trabajo cuando este no le pertenece: Escribe el profesor Sweet que los esclavos en las colonias británicas, posterior Estados Unidos, al sentir una explotación ya intolerable fingían enfermedad, dañaban las herramientas o los productos, o ralentizaban el trabajo, hecho del todo incomprensible para los esclavistas. Esta idea del capitalismo temprano retumba aún, tantos siglos después, en la máxima inmortal de Uribe: «A Colombia la está matando la pereza», es pereza y no explotación, ¡cuando debería ser al revés!, pues la noble pereza, acto de resistencia contra el capitalista, surgirá allá donde reine la explotación y, por tanto, la alienación, allí donde el trabajo no posea sentido, puesto que sus frutos caen todos en canasta ajena.
La primera vez que hablé de ideas sindicales, la respuesta que obtuve de varias bocas, en distintas palabras pero casi que en la misma voz, fue «Los sindicatos son para los mediocres», declaración seguida de una u otra anécdota de por qué solo los perezosos, incapaces de cargar su propio peso, armaban sindicato. Lenin lo dejó clarísimo: Quien no trabaja, no come (luego esto fue el artículo 12 de la constitución del 36 en la URSS, que en paz descanse), pero hablando de los burgueses, no de los trabajadores que, cansados de su explotación bestial, rehúyen del trabajo el vigor.
El fin de la pereza habrá de llegar con el fin de la explotación.






