Una esquina de Bogotá cuenta la historia de una mujer voceadora de prensa

Una esquina de Bogotá cuenta la historia de una mujer voceadora de prensa 1

Bajando por la carrera séptima en Bogotá, entre el gris del asfalto, el alto volumen de gente y el movimiento de la ciudad en todo su esplendor, al lle­gar a la esquina de la calle 23, apostada con su chaza en la ventana de un Pres­to, pueden ver a una mujer bajita, con un delantal, una chaqueta para el frio y una gorra que dice «voceador de pren­sa», pueden saludar a Olga para hacerle la compra y también conversar con ella un rato. Me senté con ella a escuchar la historia de su vida, que me contaba acudiendo a su ya escasa memoria y al placer que le da hablar con la gente.

A sus 74 años, pese al dolor en las articulaciones, la pérdida de visión en un ojo y las dificultades del transpor­te, cada mañana llega a la 19 con 8 a recoger diarios. Los domingos son más duros porque debe madrugar más para vender. Desde los seis años, la calle ha sido su escuela y su trinchera. Cargando prensa o defendiendo periódicos inde­pendientes como Revolución Obrera, Olga no solo vende información, dul­ces y cigarrillos; es el testimonio vivo de una madre cabeza de hogar que se niega a ser invisible.

Olguita —como la llama su hijo Andrés— nació en San Agustín, Huila, en 1951. Marcada por la muerte tem­prana de su madre y siendo la menor de seis hermanos, llegó a Bogotá sin saber cómo ni por quién. Desde los seis años, en lugar de estudiar, fue puesta a tra­bajar en la calle 23 con novena. «¡Solo calle!», resume su infancia sin educa­ción formal. Aun así, su curiosidad la llevó a aprender a leer y escribir por su cuenta, con ayuda de otros y de los libros y periódicos que pasaban por sus manos.

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Vende prensa que le dejan en consig­nación, siempre ha vendido El Tiempo con sus colecciones y lanzamientos, El Espectador, El Espacio, Le Monde de Francia y otros más. Dependiendo del valor y de la empresa, cada periódico le puede dejar 400, 500 o 1000 pesitos. Así, sumándole al diario de a poquito y trabajándole a esos medios grandes distribuyendo sus periódicos a cambio de nada, porque ni salario, ni protec­ción, ni seguridad social les ofrecen esas firmas a los voceadores, en su mayoría, adultos mayores.

La vida de Olga es también la his­toria de una decisión valiente por su hijo, Andrés. Cuando el padre del niño, un músico vallenato llamado Gena­ro Rivera, quiso llevársela a Estados Unidos para perseguir contratos de grabación, Olga se plantó con firmeza. Prefirió quedarse en su tierra, bata­llando sola, antes que depender de una familia ajena en un lugar desconocido. Para sacar adelante a Andrés, trabajó «jodidamente», no solo en la prensa, sino también limpiando oficinas del norte de la ciudad para empresarios de la construcción como Alfonso Nieto, donde se destacó por ser una trabaja­dora impecable y correcta.

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Olga no es una vendedora pasiva; es una mujer con conciencia de clase que perteneció a siete sindicatos de trabajadores informales, incluyendo Sinucom y Asuvencol. En las marchas, se convertía en un símbolo viviente: se vestía con los periódicos alternati­vos sujetados con alfileres y así vender mientras marchaba. Esa misma con­vicción la llevaba a defender su puesto frente a quienes la increpaban llamán­dola «guerrillera» por vender prensa de izquierda. «A mí me respetan el puesto y me respetan la revista», sentenciaba ella, sin esconder nunca los periódicos políticos ante la policía o los críticos.

Entre la charla y la anécdota, me cuenta que los principales lectores que compran Revolución Obrera, son los jóvenes estudiantes de la zona. Cuenta con agrado que han salido felices con su ejemplar al ver que lo consiguen. También aprovecha para reclamarme porque hace rato no le llega nuestra prensa y la que le queda ya está viejita. Ella nos reconoce, comprende las par­ticularidades de nuestro trabajo res­pecto a la elaboración del periódico y lo que implica económicamente, tiene presente a los compañeros que hace años le propusieron venderlo y que la visitaban antes, nos menciona cada vez que puede y lo exhibe en su puesto para que se vea.

Hace unos años, el servicio a sus clientes le costó una parte importan­te de su salud. Al salir corriendo para cambiar un billete de 50 mil pesos y poder entregar las vueltas, tropezó con un bolardo de esos que ponen los alcal­des de Bogotá para sustentar su gestión y sacar tajada, una «trampa mortal» que la recibió con un golpe seco en la parte posterior de su cabeza. El impacto le desprendió la retina del ojo derecho, no se lo pudieron salvar porque nunca recibió la atención ni las cirugías nece­sarias. A pesar de trabajar con grandes medios, nadie respondió por ella, tam­poco el hospital El Tunal que le pedía 25 millones de pesos para operarla, una cifra inalcanzable para una vendedora de periódicos.

La demanda legal que interpuso Olga se perdió, un caso archivado para beneficio de esos grandes medios capi­talistas, a pesar de contar con el apoyo de algunos abogados que se pusieron de su parte. Actualmente su hijo Andrés que se encuentra estudiando derecho, se ha puesto en la tarea de no dejar morir este proceso y encontrar algo de justicia y reivindicación para ella, esa justicia que está al servicio de los ricos y que se aplica solo a los pobres, ¿Cuántos voceadores de prensa pue­den estar en la misma situación? Este lamentable hecho ha dejado a Olga con la visión a medias, aunque permanece intacta su dignidad.

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Visita a Olga y compra el Revolución Obrera en la Cra 7 con calle 23

Hoy, la vejez de Olga transcurre entre la injusticia del sistema y el dolor físico. A pesar de haber cotizado duran­te años al Seguro Social, Colpensiones le asegura que «no figura en ningún lado». Su salud depende del Sisbén, un servicio que califica de inútil, pues tras largas filas le niegan los medicamentos para su circulación, tensión alta y el desgaste de sus rodillas que ya casi no la dejan caminar. «Estoy perdiendo el tiempo», dice con amargura tras haber recibido fórmulas médicas que nunca le entregaron.

Olga Zambrano sigue ahí, en su esquina, esperando el próximo núme­ro de Revolución Obrera. Es una mujer que conoce la realidad del país a través de las páginas que vende y que no se deja amedrentar por nadie. Aunque la ciudad le dé la espalda y el sistema le niegue una vejez tranquila, sigue sien­do la «voceadora» de Bogotá, una mujer de la clase trabajadora que, con un solo ojo, ve con más claridad las injusticias del mundo que muchos de los que pasan frente a ella con prisa.

JM

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