
En medio de las condiciones actuales de crisis del sistema capitalista imperialista, la situación de las mujeres trabajadoras se agrava de manera dramática como una expresión directa de la descomposición social a la que tiende el moribundo sistema. Incapaz de garantizar condiciones dignas de vida para quienes todo lo producen, descarga con mortal violencia sus contradicciones sobre la mujer proletaria.
En todo el mundo, las mujeres sufren explotación económica y opresión social. Según la OIT, el proletariado femenino se concentra en los sectores más precarizados, con mayor informalidad y peores salarios. A esto se suma el trabajo doméstico, que en muchos países triplica el tiempo dedicado por los hombres. Así, la mujer trabajadora no solo vende su fuerza de trabajo en condiciones degradadas, sino que además sostiene, en condiciones de esclavitud, la reproducción de la fuerza de trabajo en la sociedad capitalista.
Las comunistas decimos que las mujeres en el capitalismo son doblemente oprimidas y este fenómeno es una condición estructural del capitalismo. Esta «doble jornada» es un mecanismo funcional para la acumulación del capital; así, se abaratan los costos de reproducción de la fuerza de trabajo y se mantiene a la mujer en una situación de subordinación material e ideológica que limita su participación política y su capacidad de organización.
Es por ello que, la violencia contra la mujer —incluyendo los feminicidios— debe entenderse no como un problema exclusivamente cultural o de comportamiento individual, sino como una manifestación extrema de la descomposición social generada por el propio sistema. La precarización, el desempleo, la miseria y la frustración social alimentan formas cada vez más violentas de dominación, que se expresan con particular crudeza en el ámbito familiar y comunitario. La cosificación de la mujer, promovida por la industria cultural y los circuitos de explotación sexual, completa este cuadro de opresión sistemática.
Frente a esta realidad, los feminismos suelen centrarse en consecuencias visibles —violencia, discriminación, falta de representación— sin abordar sus causas estructurales. Aunque impulsan reformas, campañas y mayor representación, dejan intacta la base material de la opresión: la explotación capitalista y la esclavitud doméstica.
Sin tiempo, sin recursos y atrapadas en la esclavitud doméstica, las mujeres trabajadoras no pueden ejercer en igualdad de condiciones su papel en la lucha de clases. De allí que la mayoría de las colectivas feministas estén conformadas por estudiantes, académicas e intelectuales afines a la pequeña burguesía que, por su condición de clase, no conocen de cerca el peso de la explotación asalariada o la esclavitud doméstica y cuentan con el tiempo para ejercer su política.
Al presentar la opresión de la mujer como un problema separado de la lucha de clases, se rompe la unidad del proletariado y se diluye la posibilidad de una transformación real. No es casual que muchas de las corrientes llamadas feministas encuentren eco en sectores de mujeres de la pequeña burguesía, o que incluso se sirvan de las mujeres de la burguesía cuyos intereses de clase no solo son distintos, sino en muchos casos antagónicos a los de las mujeres trabajadoras.
Sin embargo, la historia de las mujeres en el movimiento obrero demuestra que las mayores conquistas se han logrado cuando su lucha se ha desarrollado como parte orgánica de la lucha de toda la clase trabajadora. No fue la apelación abstracta a la igualdad lo que permitió avances reales para las mujeres, sino la organización colectiva y la lucha por transformar sus condiciones materiales de vida.

Hoy, vuelve a ser clave la organización femenina desde una perspectiva socialista y comunista, cuya perspectiva de clase oriente la lucha tanto en el terreno económico como ideológico: el Movimiento Femenino Revolucionario (MFR).
La lucha en el terreno económico implica levantar una plataforma que combata las condiciones materiales que sostienen la opresión: empleo, estabilidad, alza general de salarios, igualdad salarial real, reducción de la jornada laboral, sistemas públicos de cuidado (guarderías, comedores, servicios comunitarios), protección efectiva a la maternidad, entre otros. Estas demandas no son «sectoriales», sino reivindicaciones que benefician al conjunto de la clase obrera y que resultan indispensables para que las mujeres puedan participar plenamente en la lucha sindical y política.
Pero, además, una organización revolucionaria de mujeres, tiene que encabezar una batalla ideológica que no puede ser eludida, lucha en la que, en parte, coincidimos con las feministas. El machismo es una construcción social que se reproduce en el seno mismo de la clase trabajadora como resultado de una sociedad dividida en clases con siglos de dominación y de la acción permanente desde sus aparatos ideológicos. No obstante, para una organización revolucionaria de mujeres combatir el machismo no significa enfrentar a hombres y mujeres trabajadores entre sí, sino elevar la conciencia del conjunto del proletariado.
Una organización revolucionaria de mujeres debe asumir esta tarea sin ambigüedades, combatir las prácticas y concepciones que reproducen la opresión, al mismo tiempo que lucha por conquistar a los trabajadores para una tarea común, la destrucción de toda forma de esclavitud, de explotación y de opresión. Si las distintas corrientes del feminismo burgués fragmentan la lucha en mujeres contra hombres y terminan debilitando el movimiento, una organización revolucionaria, el MFR debe apuntar a integrar, a unificar, a construir una fuerza capaz de enfrentar al enemigo común: el capitalismo imperialista.

Hoy en medio de la profunda crisis del capitalismo, donde las condiciones de vida de las mayorías se deterioran aceleradamente, la construcción del MFR en Colombia es decisiva y una exigencia práctica para incorporar de forma consciente y organizada a las mujeres en la lucha de clases.
Las mujeres, obreras y revolucionarias debemos recuperar las lecciones de todo nuestro linaje femenino revolucionario y hacer de la experiencia histórica no un ejercicio académico de intelectuales, sino un llamado a la acción política. Las mujeres se organizaron como parte del proletariado, y lucharon no solo por sus reivindicaciones inmediatas sino por la transformación del conjunto de la sociedad y con ello abrieron los caminos de la verdadera emancipación.






