
En una de las zonas más concurridas del centro de Bogotá, don Humberto vendía dulces y prensa en un puesto, practicamente de 1 metro cuadrado. Era un adulto mayor con problemas de salud que se podían notar al ver su rostro agotado, su cuerpo pesado y su lento caminar. La señora María que tenia el espacio y la chaza en esa esquina de la Carrera 7, por varias décadas y antes de ella, su señora madre desde muy joven, le cedió “el puesto” para que se hiciera su platica en medio de la complicada dinámica del rebusque como vendedor estacionario, donde cada pedazo de calle y andén parece tener dueño.
Sacaba muy abnegadamente su cajón todos los días y vendía los periódicos oficiales, dulcecitos y cigarrillo. María que tenía el puesto antes, ya vendía nuestra prensa Revolución Obrera y luego Humberto estuvo de acuerdo en seguir vendiéndola. Cada vez que sacábamos un número impreso, lo visitábamos para dejarle los 5 ejemplares y recoger la venta, de cada periódico él se ganaba 1000 pesos y recogíamos uno o dos que quedaban. Humberto era un poco gruñón, poco conversador y a veces indiferente a nuestra visita, tal vez su situación económica, su estado de salud, su soledad o simplemente su carácter nos hacia pensar que nos regañaba o estaba enojado, pero al final era solo cuestión de saberle entrar y comprender su realidad, era una buena persona.
A veces al hombre vendía los periódicos, pero cuando lo visitábamos no tenía el dinero, simplemente nos decía que no había plata. Pero podíamos encontrar en este compañero un compromiso y un atisbo de consciencia cuando días después y luego de recibir su subsidio para la tercera edad, muy cumplido nos entregaba lo correspondiente a su venta, “quedábamos a pases”. De alguna manera él comprendía la labor que hacemos con el periódico y la importancia que le daban quienes lo compraban y eso ya era suficiente para nosotros, eso y que simplemente número a número nos recibiera y aceptara dejar los ejemplares, así a veces se le quedaran.
Hace aproximadamente dos meses en una de las visitas a la zona, donde hay otros puestos que venden nuestra prensa, nos enteramos que don Humberto había fallecido en un hospital del sur de la ciudad, sin explicaciones claras, en circunstancias muy duras y sin saber exactamente cuándo. Nos enteramos también que después de todos estos meses nadie había reclamado su cuerpo, no tenía familia quien lo llorara y lo despidiera. Es una tragedia que viven muchos adultos mayores en Colombia que están solos y en condiciones de abandono y miseria, se le suma a esto que, aunque una de sus colegas vendedoras informales quiso hacerse cargo de sus restos, el hospital se negó a entregárselos porque no tenía parentesco directo con él.
Escribimos esta pequeña semblanza de don Humberto para de alguna forma despedirlo, reconocerlo como habitante de este mundo, un hombre que nos acompañó en este camino de la prensa revolucionaria y alguien que sufrió el abandono de su familia, pero también del abandono de la sociedad que hace a un lado a los viejos, victima de la desgracia del sistema que nos empuja a la miseria, que nos utiliza y nos desecha. Lo hacemos también para recordar que tenemos hermanos nuestros en las calles solitarios y llenos de ausencia, de soledad y de tristeza. Los vemos a diario, pero no los queremos mirar.
Una distribuidora de Revolución Obrera en Bogotá






