
No empuño el fusil ni empuño una pluma
a lo sumo trazo análisis de coyuntura, conjeturas
en papel satinado. Mi columna
—recta, pulcra— evita la fractura.
Desde mi torre (de biblioteca digital)
describo la miseria con conceptos que son islas:
«Plusvalía», «alienación»… el camino
lo trazo en mapas de abstractos e individuales esquemas.
La revolución estalla en cada esquina,
y yo… contemplativo. La sangre vecina
es tinta roja en mi herida sin cerrar.
Pronuncio discursos mentales a la masa platónica,
mientras el obrero suda en la trinchera y moja
con su realidad mi vana teoría.
Dicen: «¡Revolución!». Mas mi estrategia
es trazar planes… en la hoja en blanco.
Lenin duerme en mis carpetas, junto a Engels,
y el lamento me cubre con su manto.
El pueblo avanza. Yo… calculo riesgos,
edito manifiestos con cuidado estético.
Mi lucha son los signos, los entrelineados,
el gesto radical… sólo retórico.
Llevo a Stalin en par camisetas, limpio,
mientras mi conciencia es un campo minado:
sé el lugar que evito, sé el sudor que eludo,
sé que mi «compromiso» es prosa de vez en cuando.
¡Oh, contradicción! Mi nombre apenas suena
en círculos rebeldes, puro, duro…
pero cuando la bala silba ajena
mi corazón es de valentía pasajera.
Camino al lado de la Historia, sí,
pero con zapatos que no mancha el barro.
Intelectual revolucionario…
que en el momento clave, no disparó.
¡Consciencia sácame de tal letargo!