El caso de Maricarmen

Maricarmen tiene 87 años y vivía en su casa desde 1956. Fue desahuciada y terminó hospitalizada tras el cuarto intento de desalojo. Para un fondo de inversión era un expediente más entre miles, pero para el pueblo, fue el retrato exacto de lo que el capital hace con quienes estorban a su negocio. La respuesta fue masiva. Manifestaciones en cuarenta ciudades bajo el lema «Ni una Maricarmen más», desembocó en una acampada en la Puerta del Sol en Madrid, replicada después en otras ciudades. En la plaza se mezclan jóvenes, obreros, colectivos y pensionados, mejor dicho la clase obrera real, organizada en asamblea y no en un banquete.
Y funcionó. Urbagestión tuvo que retroceder, Maricarmen volverá a su casa pagando como máximo el 30 % de sus ingresos. Los medios de comunicación del orden establecido atribuyen el acuerdo a la mediación municipal; sin embargo, su abogada recordó que la empresa no quiso negociar hasta la víspera del acuerdo. Lo que doblegó al fondo no fue la cortesía institucional, sino las tiendas de campaña en el kilómetro cero. Es la lección más antigua del movimiento obrero pues lo que se arranca se arranca con organización y lucha directa, no se concede por voluntad del explotador.
Pero la asamblea de Sol entendió lo esencial y es que una victoria individual no altera las reglas de un sistema que convierte el techo en mercancía, por eso consideró insuficiente esa solución. «Esto es solo el principio», avisó Valeria Racu, portavoz del Sindicato de Inquilinas, convencida de que se ha generado «una crisis de Estado». Quedan muchas más Maricarmen.
Su argumento es político, no sentimental, después de esta semana, nadie volverá a considerar imposible que una plaza ocupada obligue a recular a un fondo. Cuando lo imposible deja de serlo, el margen de lo posible se ensancha, y ese ensanchamiento es el material de toda revolución, donde se construyen las condiciones que propician los movimientos revolucionarios.
El camino institucional ya mostró sus límites. El Gobierno aprobó medidas, pero el Congreso rechazó después los dos decretos de vivienda. Entre tanto, en las movilizaciones se reclama el «decreto Maricarmen» con contratos de alquiler indefinidos, congelación de precios, suspensión de desahucios y regulación del alquiler por habitaciones.
Por eso el movimiento mira más allá. Creó comités de barrio y asambleas sectoriales para construir una huelga general por la vivienda, y la vincula con la sanidad, la educación y los salarios. «Va más allá de Maricarmen», resumían los participantes. El movimiento convocó para pasado sábado 3 de octubre una marcha hacia esa huelga, que se desarrolló nuevamente de forma masiva por todo el Estado español.
Aquí reside la perspectiva revolucionaria. Cuando vivienda, salud, educación y salario responden a una misma causa (que lo necesario para vivir sea negocio privado), la demanda deja de ser sectorial y se vuelve de clase. Hay que decir directamente que la salida unir las luchas a los demás conflictos de la clase obrera, para exigir reivindicaciones como salud, vivienda y educación y con ello mejorar las condiciones para la lucha por el socialismo. Eso significa vivienda como derecho garantizado, un parque público masivo, expropiación de lo que los fondos mantienen vacío y control democrático de la economía por el proletariado quien la sostiene con su trabajo.
Ya hay quien quiere encauzar con politiquería la rabia. Tal es el caso del dirigente del reformista del PCE, Enrique Santiago, quien invita a los acampados a participar en las elecciones y dar el asunto por cerrado allí. «Que la indignación se demuestre en las urnas» dice, pero no se da cuenta que la lucha es también contra ellos, cómplices del despojo capitalista. Es la vieja receta de convertir la indignación en papeletas. Y al otro lado acecha el fascismo, donde grupos neonazis amenazaron con acudir a la plaza, y la asamblea respondió que Madrid sería su tumba.
La lección del Movimiento por la Vivienda está a la vista; aquella acampada de Sol se levantó al cabo de un mes. Esta vez hay sindicato, comités de barrio y horizonte de huelga. Maricarmen ya está en casa; la tarea es que nadie vuelva a ser arrojado de la suya, y eso solo se garantiza cambiando de raíz quién manda sobre la vivienda. No se trata de pedir favores a las instituciones, sino de construir poder propio en cada barrio, cada fábrica y cada aula.






