
El domingo 25 de octubre, Brasil volvió a representar el ritual que la burguesía llama democracia. En la primera vuelta, más de una quinta parte del electorado se abstuvo, pese a que el voto es obligatorio. En la segunda, Lula se impuso con cerca del 52 % de los votos y una ventaja de más de cuatro millones sobre Flávio Bolsonaro. Tres días después, el candidato derrotado salió de Brasil en un avión privado, con escalas en Argentina y Ecuador, rumbo a Estados Unidos, y aterrizó en Miami. No fue un viaje de placer sino la huida de un representante de clase que, perdida la partida, corre a refugiarse bajo el ala de su patrón.
Los hechos son elocuentes. El lunes, el magistrado Alexandre de Moraes le ordenó entregar sus pasaportes en 24 horas y le prohibió salir del país, en el marco de una investigación por presunto lavado de dinero. El martes, la Policía Federal canceló sus pasaportes por incumplir la orden. Ese mismo día, el Departamento de Estado anunció visados para él y su familia. La secuencia parece un guion pues Eduardo Bolsonaro había dicho en un podcast que, si su hermano perdía, no debía reconocer la derrota sino viajar a Estados Unidos, y Flávio rechazó el resultado.
Aquí se desnuda la farsa. Se nos repite que las elecciones son la fiesta soberana del pueblo, pero en esta democracia liberal-burguesa basta que el resultado no le convenga a tal o cual sector de la burguesía para que se configure el fraude, pues es la burguesía la que, al final del día, elige y escruta. Trump dijo que la elección parecía «fraudada» y después admitió que el resultado final estaba bien, aunque la forma de llegar a él le «pareció terrible». Cada bando invoca las reglas mientras le convienen. Los tribunales, la policía y los partidos que se presentan como árbitros neutrales son piezas del Estado burgués, y su independencia se mide por a qué fracción del capital sirven en cada coyuntura.
El bolsonarismo, además, expresa a sectores de la burguesía subordinados al imperialismo estadounidense, y su patriotismo de bandera y biblia es mercancía de campaña. Lula lo resumió con crudeza, Brasil sería la segunda patria de Flávio, y la primera, servir a Estados Unidos. Que el heredero busque cobijo en Florida, donde ya reside su hermano Eduardo, enlace con la administración Trump, confirma a quién responde.
Sería un error, sin embargo, ver en Lula la antítesis. Lula es otro representante de la burguesía y de la pequeña burguesía, además de una ficha estratégica del socialimperialismo chino. El antiguo dirigente sindical, hoy gobernará Brasil por cuarta vez, y sus reformas y programas sociales apenas alivian la miseria a punta de subsidios, pero son concesiones dentro de los límites del orden capitalista que no resuelven el problema de base. La propiedad de las fábricas, los bancos y los grandes medios de producción permanece intacta. El reformismo no abolió la explotación, sino que la administra con «rostro humano». Lo que se disputa en las urnas no es si el pueblo manda, sino qué fracción de la burguesía administra el Estado y cómo reparte las migajas. Mientras tanto, casi la mitad del electorado votó por la extrema derecha, que conserva intactas sus bases, y la salida de Flávio no desmonta nada de eso.
¡Basta de elegir a nuestros verdugos cada cuatro años!
Obreros, campesinos, habitantes de las favelas, estudiantes, mujeres trabajadoras es necesario saber que ni los que huyen a Miami ni los que gestionan el orden desde Brasilia van a emancipar a nadie. La democracia de los patrones nos ofrece votar, pero la historia nos enseña que solo el pueblo organizado conquista y defiende lo suyo.






