Rusia contra la OTAN

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Como cualquier otra guerra, el curso de esta se encuentra en gran medida condicionado por la situación económica de los bandos implicados, pues, dependiendo de ello se podrá dotar a los ejércitos de suministros y armamentos, lo que a su vez permite la innovación militar. En este sentido, la guerra entre Rusia y Ucrania se convirtió también en una disputa por la capacidad de sostener una economía de guerra durante un conflicto prolongado. No se trata únicamente de quién posee más soldados o armamento, sino, de quién puede mantener durante mayor tiempo la producción de municiones, drones, sistemas de defensa aérea, vehículos, combustible y demás recursos necesarios para sostener las operaciones militares.

Esta particularidad económica tiene en este conflicto una dimensión de gran importancia cuando vemos cómo se suman países de la OTAN al bando ucraniano con el propósito de asegurar sostenimiento militar. Para septiembre de 2026, la OTAN señalaba que sus miembros habían destinado más de 10 000 millones de dólares durante el último año a mecanismos destinados a proporcionar equipamiento militar a Ucrania.

Sin embargo, vale la pena aclarar que la capacidad de sostener la guerra no depende exclusivamente de los recursos disponibles, sino también de la capacidad de transformar esos recursos en una ventaja militar. Tal es el caso de los drones en Ucrania, que como ocurrió con la pólvora en su momento, revolucionan hoy el arte de la guerra, obligando a acelerar la estrategia y la producción militar. Esto, mientras ambos bandos se enfrentan al gran problema de la deserción de sus propias fuerzas armadas, por lo que recurren al reclutamiento de mercenarios para evitar las bajas de sus propios soldados.

De esta manera, el conflicto ucraniano deja de ser únicamente una guerra entre dos Estados capitalistas, pues Rusia combate contra Ucrania mientras los Estados miembros de la OTAN proporcionan armamento, financiación, inteligencia y entrenamiento a las fuerzas ucranianas, mientras sus filas militares se abastecen de mercenarios provenientes de distintos países.

Pero no termina allí. El primer ministro polaco, Donald Tusk, declaró que Rusia está «en guerra con Occidente» y que se están produciendo actos de sabotaje en Finlandia, Lituania, Letonia, Estonia, Polonia, Rumanía, Dinamarca y Alemania. El ministro de Exteriores polaco, Radosław Sikorski, también señaló que «Rusia está decidida a convencer a todos de que, aunque nosotros no queremos un conflicto con ella, ella está en guerra con nosotros, con Occidente, y comete actos de sabotaje, incendios, asesinatos políticos y terrorismo patrocinado por el Estado».

La respuesta de los medios rusos fue de rechazo a las acusaciones, y argumentan que no son más que preparativos de guerra por parte de la OTAN/Europa contra Rusia, pues lo que se busca es aumentar el apoyo militar a Ucrania y desprestigiar la imagen de Rusia. Una estrategia que responde a los intereses de Estados Unidos por acabar con la esfera de influencia y con la expansión de capitales rusos y chinos, pues los yanquis son conscientes de que existe un incremento en la exportación de capitales de estos países en el mundo, por lo que mueve a conveniencia la política de los países que funcionan como sucursales del imperialismo norteamericano para encerrar a Rusia, logrando aislar a los países de oriente próximo y sobre todo a China de uno de sus principales aliados.

Esta situación es interpretada por sectores de la «izquierda» de distintos países de manera simplificada, deformando la realidad para las masas que confían en su política, llegando a presentar a Rusia y China como sistemas económicos alternativos al capitalismo. Su razonamiento puede sintetizarse de la siguiente manera: Estados Unidos es una potencia imperialista que busca aislar y debilitar a Rusia y China; por tanto, Rusia y China constituirían fuerzas antiimperialistas que, mediante su confrontación con Estados Unidos y sus aliados, estarían contribuyendo a conducir a la humanidad hacia una nueva etapa de progreso ligado al socialismo.

En el marco de la guerra de Rusia y Ucrania, China ha procurado mantener una posición de relativa distancia, entre otras razones para evitar las consecuencias económicas y políticas que podría acarrearle una confrontación abierta con occidente, privilegiando así, sus propios intereses nacionales. Es, precisamente, este el país dirigido por un partido que se reivindica comunista y que distintos sectores de la «izquierda» defienden como un referente del socialismo contemporáneo. Esta defensa, en algunos casos, responde al abandono de una perspectiva marxista; en otros, a una posición consciente de alineamiento político, basada en la expectativa de obtener beneficios o respaldo de Rusia y China en caso de alcanzar el poder por vías electorales, y así hacer frente a las facciones de la burguesía que son lacayas del imperialismo yanqui.

Por eso, corresponde a los comunistas del mundo contribuir a esclarecer ante las masas la naturaleza del conflicto y desenmascarar las posiciones oportunistas que presentan a Rusia y China como potencias antiimperialistas, unir en lo político y lo ideológico, para unir en lo organizativo, es una de las importante tareas que el Movimiento Comunista Internacional debe desarrollar.

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