
La nueva intervención militar imperialista de Estados Unidos e Israel en contra de pueblo de Irán no es para frenar el riesgo del desarrollo de armas nucleares en Irán, ni por la liberación de las mujeres del velo u otras medidas reaccionarias a las que son sometidas por el régimen de los ayatolas o para que se desarrolle un sistema electoral más democrático en Irán.
Es para afectar el desarrollo energético de su competidor principal que es China, quien en los últimos 20 años se ha convertido en el mayor importador de petróleo del mundo. Esta acción hace parte de una estrategia de los monopolios norteamericanos por apoderarse, a la fuerza, de concesiones o contratos de explotación petrolera en los países con las mayores reservas de petróleo del mundo y que por distintas razones, estaban fuera de su dominio directo. Tal es la causa por la cual han intervenido de manera consecutiva en Siria, Venezuela e Irán, dado que ya tienen asegurado a los otros países con grandes reservas petroleras como Emiratos Árabes Unidos, Kwait, Arabia Saudita e Irak.
Hay numerosos países con programas nucleares que no reciben la misma presión internacional, en parte porque no poseen reservas de petróleo comparables a las de Irán. Esa diferencia geopolítica explica por qué algunos pasan relativamente desapercibidos o no se convierten en objetivos prioritarios de intervención por parte de Estados Unidos. Al mismo tiempo, existen aliados estratégicos de Washington en Medio Oriente —como Arabia Saudita o Qatar— donde persisten fuertes restricciones contra los derechos de las mujeres, y aun así mantienen estrechas relaciones con la política exterior estadounidense. A esto se suma la controversia en torno a la falta de atención del expresidente Donald Trump frente a las denuncias de abuso vinculadas al caso de Jeffrey Epstein. En ese contexto, resulta difícil sostener que la situación de las mujeres haya sido una preocupación central en su agenda política.
Tampoco le preocupa lo que ocurre con la defensa de la democracia burguesa, pues hay monarquías de oriente medio que no han sido cuestionadas por Estados Unidos o Israel sino que han establecido múltiples acuerdo o contratos con ellos y no son consideradas como amenaza para los preceptos democráticos.
En consecuencia, se evidencia un doble rasero y una clara hipocresía en la manera en que se juzga a distintos países. Los pueblos o gobiernos son catalogados como enemigos o aliados no tanto por la naturaleza de sus acciones, sino por su disposición a alinearse con los intereses del imperialismo estadounidense. Así, algunos Estados son sancionados o castigados sin argumentos, mientras que otros reciben respaldo o recompensas pese a incurrir en prácticas esencialmente similares. Esto revela una valoración selectiva y conveniente que responde a intereses geopolíticos.
En Oriente Medio las diversas formas de dictadura burguesa mediante monarcas, presidentes o regímenes teocráticos, tienen de común que son fuente de una gran producción de capital financiero pilar del dominio económico y político, que ha mantenido Estados Unidos después de la segunda Guerra Mundial y al dólar como moneda de cambio mundial; sin embargo esta tendencia tiende a decaer debido al recaudo de otras potencias imperialistas o al calentamiento global y el cambio climático, que llaman a una transición energética para proteger al planeta de los que va en contravía de esto como Estados Unidos.
Trump intenta desconocer esta tenencia e imponer que se mantenga la producción energética mediante fuentes fósiles, el dólar como moneda de cambio y por ahí derecho afectar a su competidor, que es China, limitando su acceso a recursos necesarios para el avance de su economía.
En este contexto es criticable la actuación de China que se ha mantenido al margen de la agresión ejecutada, siempre y cuando se le permita participar del derecho de seguir explotando los recursos como parte de una banda de rapiña.
Es cierto que China afirma que le apuesta al potencial de las fuentes de energía renovable; sin embargo no es coherente pues después de la caída de Siria y Venezuela siguieron explotando sus recursos sin mayores reparos.
La crisis económica ha empujado a Estados Unidos a adoptar medidas cada vez más arriesgadas. La agresión militar contra Irán lo ha expuesto en el plano militar y, al mismo tiempo, ha puesto en evidencia límites en su capacidad de control regional, pues un país sometido durante décadas a presiones externas ha logrado responder con golpes significativos. Además, este escenario también cuestiona la eficacia de las enormes compras de armamento realizadas durante años por varios países árabes aliados.
Estados Unidos se presenta como garante de la seguridad de países como Kuwait, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, relación que también está vinculada al acceso estratégico a sus recursos energéticos. Sin embargo, los primeros días del conflicto sugieren que tanto esos aliados como el propio poder militar estadounidense enfrentan vulnerabilidades. La confrontación ha mostrado que un solo país puede tensionar el predominio geoestratégico de Estados Unidos y de Israel en la región, y demuestra que un Estado que reivindica su derecho a la autodeterminación puede desafiar ese orden sin depender necesariamente de las grandes potencias, como China o Estados Unidos.
La ofensiva contra Irán es parte de la disputa interimperialista por la energía y la repartición de otros recursos y rutas, en la cual los pueblos de la región son convertidos en escenario de confrontación entre grandes potencias. Frente a esta situación, el derecho de los pueblos a la autodeterminación y a decidir sobre sus recursos es una reivindicación fundamental que los proletarios y pueblos del mundo deben apoyar y defender contra la guerra de rapiña imperialista.






