Ante las declaraciones del criminal presidente de Estados Unidos, Donald Trump, realizadas el 4 de enero, en las que no descartó una operación militar en Colombia, el presidente Gustavo Petro respondió en la madrugada del 5 de enero mediante un trino. En él, contestó a las amenazas con una defensa de su persona y de sus actuaciones contra el narcotráfico, argumentos que, llegado el momento en que los imperialistas decidan invadir, les importan un bledo.
El derecho internacional humanitario, la Carta de las Naciones Unidas y todos los postulados consagrados en las constituciones sobre la defensa de la soberanía se convierten en palabras vacías cuando entran en juego los intereses económicos de los imperialistas y grandes monopolios. Los primeros en violarlos son precisamente los supuestos “garantes” de la libertad, la democracia y la soberanía nacional. Siempre ha sido así, solo que en los últimos tiempos estas violaciones se han vuelto abiertas y descaradas; basta preguntarle al pueblo palestino.
Volviendo al trino del presidente, este llama a la defensa de su persona mediante la toma del poder en todos los municipios del país y ordena a la fuerza pública no disparar contra el pueblo, sino contra el invasor, no sin antes señalar que la Constitución establece que las Fuerzas Militares están para defender la soberanía popular.
Es necesario afirmar que el proletariado revolucionario rechaza cualquier intervención militar de cualquier país imperialista, en este caso, de los yanquis en suelo colombiano. Así como ha condenado la agresión a Venezuela —sin estar de acuerdo con el régimen de Maduro—, también se opondría revolucionariamente a una eventual agresión a Colombia y a la captura de Gustavo Petro.
Ahora bien, respecto a una intervención de los yanquis, la realidad es que el imperialismo gringo siempre ha metido sus narices en el país. Colombia es una nación oprimida semicolonialmente, formalmente independiente pero sometida económica, política y militarmente, principalmente por Estados Unidos: cuenta con siete bases militares extranjeras y es de conocimiento público la participación de militares estadounidenses en la guerra interna; las compañías imperialistas saquean los recursos naturales, súper-explotan la fuerza de trabajo del proletariado y someten a los pequeños y medianos productores y comerciantes del campo y la ciudad; además, los imperialistas yanquis intervienen directamente en la vida política nacional. Sin embargo, una intervención militar directa obligaría al pueblo colombiano a responder a tal afrenta, pues de lo contrario quedaría el país convertido en una colonia de los imperialistas.
En este contexto, resulta una ingenuidad —si así puede llamarse— el llamado de Gustavo Petro a confiar en que las Fuerzas Militares defiendan la patria, como formalmente lo establece la Constitución de 1991. Las Fuerzas Militares son el pilar central del Estado burgués y existen para defender los intereses de las clases dominantes. La burguesía y los terratenientes, socios y lacayos del imperialismo, ordenarán a sus mandos preservar el “orden” y los fusiles no se dirigirán contra el invasor, sino contra el pueblo en rebelión.
Defender la soberanía y autodeterminación del pueblo colombiano no puede desligarse de la lucha contra las clases explotadoras dominantes. Para ello se requiere un pueblo organizado y armado. No se puede confiar en el Estado burgués: se necesita el poder real de las masas. Los comunistas han insistido en la necesidad de retomar las Asambleas Populares, la experiencia surgida del gran levantamiento popular del 2021 que señala el camino para enfrentar a los ricos explotadores y, ahora, serían la forma de organización para enfrentar también a sus socios invasores.
Asambleas que deben organizar las movilizaciones, bloqueos, huelgas y paros generales para exigir y conquistar las reivindicaciones del pueblo trabajador, así como para preparar la respuesta militar en caso de una invasión. El pueblo no puede caer en la ingenuidad de la pequeña burguesía que apuesta por la confianza en el Estado al servicio de los ricos y cree en la existencia de una burguesía nacional en Colombia dispuesta a morir por defender la patria. Confiar en esta falacia conduciría a la masacre del pueblo, esperando salvadores o amigos que no existen.
Hasta ahora es claro que el presidente Petro no se atreve a ir más allá de buscar una salida diplomática y negociada con el agresor imperialista, correspondiéndole a la clase obrera y al pueblo trabajador tomar la iniciativa.
Las exigencias de desmantelar las bases yanquis, de romper los tratados militares con los imperialistas, de romper los demás tratados leoninos con las imperialistas… todas ellas, siguen vigentes y ahora más que nunca deben ser motivo de movilización como expresión del antimperialismo consecuente.
Comité Ejecutivo – UOC (mlm)




