
En la era digital, los influencers o influenciadores se convierten en actores políticos, aunque muchos desde sus perfiles insistan en negar ese papel. Ya no se trata solo de vender productos o estilos de vida; ahora también con su contenido moldean imaginarios sociales, legitiman discursos y, en ocasiones, incitan al odio o la violencia. En tiempos donde cada publicación puede viralizarse en segundos, su poder de influencia sobre la opinión pública es tan grande que no puede desligarse de la responsabilidad política que conlleva.
De ahí que últimamente, varios influenciadores y personajes reconocidos se destacan en sus redes, tal es el caso de Laura Gallego ex señorita Antioquia, quien a través de sus historias de Instagram, opinó sobre el asesinato de Dilan Cruz por parte del entonces Esmad diciendo: «Porque no han hecho sino joder por uno, qué pesar, nadie está diciendo riámonos de la muerte de Dilan, no, pero ¿por qué no miramos que fueron trescientos uniformados heridos tratando de defender y hacer que las manifestaciones fueran pacíficas? Y siguen jodiendo porque mataron a uno». A esto se sumó su comentario ofreciendo bala para Daniel Quintero y para el presidente Gustavo Petro. Otro caso fue el de Piter Albeiro quien se preguntó desde sus redes «Y qué tiene de malo destripar a la izquierda y que no existan mas??». Esto solo para mencionar algunos ejemplos de figuras reconocidas que básicamente llaman a la violencia contra quienes piensan distinto.
Pero no solo ellos generan polémica, pues también se hizo viral la visita de varios influenciadores colombianos al ente ocupante Israel: Kika Nieto, la actriz Johanna Fadul, el chef Nicolás de Zubiría, Juan «Food Time», Alexander Ospina (conocido como «Te amo hijo TV»), María Clara Rodríguez, el actor Mauricio Mejía, Daniela Vidal, Daniel Maldonado, Sebastián Ospina ‘tatanfue’.
Según cuentas, los invitaron con todo pago a visitar la llamada tierra santa y, aunque varios de ellos dicen no involucrarse en política, en esta ocasión sí que lo hicieron al participar en el lavado de cara al Estado sionista de Israel a través de la estrategia Hasbará que conceptualizada por los mismos funcionarios de EE. UU. como Chas W. Freeman, Jr[1] «… suele traducirse como “explicación”, pero esta traducción no le hace justicia al concepto. La hasbará vincula la guerra de información con los esfuerzos estratégicos del Estado para fortalecer la unidad nacional; asegurar el apoyo de los aliados; desbaratar los intentos de organizar coaliciones hostiles; determinar cómo los medios de comunicación, la intelectualidad y las redes sociales definen los problemas; establecer los parámetros del discurso políticamente correcto; deslegitimar tanto a los críticos como a sus argumentos; y moldear la comprensión e interpretación comunes de los resultados de las negociaciones internacionales. La hasbará es multifacética y se adapta bien a la era digital. Constituye una alianza público-privada en la que el Estado lidera y voluntarios comprometidos la siguen en la implementación de una estrategia informativa. Por su exhaustividad y complejidad, guarda la misma relación con la diplomacia pública unidimensional que la gran estrategia con los planes de campaña.»
Como parte de esta estrategia está el soft power donde los Estados usan la cultura, el entretenimiento y el turismo por medio de los influenciadores, para «…limpiar su imagen internacional, después de haber violado los derechos humanos», según los mismos usuarios de las redes. Y basta ver los comentarios de los influenciadores después del viaje, para darse cuenta de que efectivamente fueron con el objetivo específico de lavarle la cara a los sionistas, como por ejemplo, el chef Nicolás de Zubiría en su cuenta de Instagram narra las maravillas que vivió en su viaje, haciendo ver el territorio —del que han sido despojados cientos de miles de palestinos— como un paraíso en la Tierra.
Estos influenciadores no pueden negar que participaron en estas estrategias, pues la propuesta no fue solo para ellos, otros creadores de contenido en redes sociales también refirieron haber sido invitados por la Embajada del ente ocupante de Israel, pero ellos se negaron a lavarle la cara a los genocidas y no de gratis, sino, porque en efecto tienen una posición política opuesta a la que tienen los que sí asistieron.
Innegablemente muchos influenciadores encuentran en la provocación una vía rápida hacia la visibilidad, porque causan impacto con sus mensajes, promueven discursos de odio, ridiculizan candidatos o difunden información falsa, escudándose en la «libertad de expresión», convirtiéndose en cómplices de la violencia sionista e imperialista que en este caso deja tras de sí más de 67 000 palestinos asesinados. Y si ya esto es peligroso, qué decir de la táctica utilizada por la Embajada de Israel, que no solo invitó a quienes difunden contenido de derecha y en favor del genocidio y que tienen un público que básicamente lo acepta y defiende; sino también a influenciadores de izquierda, quienes tienen tras de sí miles de seguidores que comparten su contenido, intentando así los sionistas inclinar la balanza a favor del genocidio. Por ejemplo el caso del influenciador Lalil Fernando Riascos «Soy_Lalif» quien aseguró haber sido invitado para este viaje, identificando el objetivo de inmediato de querer que con su contenido, se defendiera la cultura e ideales del sionismo tras la figura de trabajar con una «marca país» prometiendo la creación de un video para ello, y si les iba bien podían hacer 6 videos más, sabiendo de antemano que este influenciador defiende ideales de izquierda y se pronuncia contra el genocidio.
Lo que está haciendo el Estado sionista de Israel no es un gesto inocente, es una estrategia de propaganda para defender una posición ideológica que, aunque se disfrace de «neutralidad» o «curiosidad cultural o hasta gastronómica», se alinea con los intereses del poder sionista. En últimas, toda posición en la sociedad tiene un sello de clase. La aparente neutralidad de muchos influenciadores no es más que una forma de sostener el orden establecido. Quienes se benefician del sistema tienden a defenderlo, consciente o inconscientemente. Entonces, no sorprende que algunos discursos influyentes se alineen con los valores del mercado, la competencia, el individualismo, la homofobia, el machismo y hasta el genocidio contra un pueblo como el palestino, mientras deslegitiman las luchas y los movimientos sociales contra el sistema.
Ser influenciador hoy es, inevitablemente, ser parte de la lucha de clases en el terreno de la ideología. Cada historia, cada tuit y cada video contribuyen a definir qué se considera «aceptable» o «extremo», qué vidas merecen empatía y cuáles pueden ser silenciadas. Por eso, más que preguntarnos si los influenciadores deberían opinar de política, se debe que cuestionar desde dónde lo hacen y a quién benefician sus palabras.
Cuando la opinión se convierte en arma, los revolucionarios también debemos plantear la nuestra de diferentes formas y desde donde se creen las condiciones para hacerlo, pues la propaganda también tiene un sello de clase. Es por eso que necesitamos los influenciadores o propagandistas en redes sociales, y no uno, sino varios, que opinen sobre todos los hechos de actualidad con profundidad, que eduquen a las masas en la ciencia del marxismo, que muestren la historia de las experiencias donde hubo Socialismo como en la URSS y en la RPCh, entre muchos otros aspectos. Pero también, que llamen a la acción para restaurar el Partido Comunista que la clase obrera necesita en Colombia, a la acción para reestructurar el movimiento sindical, para construir un Movimiento Femenino Revolucionario, para organizar a la juventud de forma combativa, para orientar la lucha directa del pueblo en las calles contra sus enemigos de clase, para conformar los Grupos de Choque y las Milicias en las ciudades y en el campo. Estamos en guerra contra la burguesía, contra los terratenientes e imperialistas y contra los sionistas también. Nos negamos a regalarles los medios digitales y la propaganda impresa, pues todo ello es una trinchera desde donde los revolucionarios podemos disparar poderosas balas que impacten el corazón de nuestros enemigos de clase en el terreno ideológico y organizativo.
[1] Diplomático (retirado) y escritor. Embajador de Estados Unidos en Arabia Saudita (1990-1992). Ocupó el cargo de Subsecretario de Defensa para Asuntos de Seguridad Regional desde el 6 de julio de 1993 hasta el 11 de abril de 1994






