
Con el ascenso de gobiernos reaccionarios y de extrema derecha se ha vuelto común escuchar que Trump, Meloni, Milei, Noboa, Bukele… y ahora De La Espriella son fascistas. Algunos argumentan que son fascistas por expresar exaltación del militarismo, el nacionalismo, la autoridad, usar la religión para su trabajo de dominación, perseguir a las organizaciones obreras y populares, fortalecer los aparatos represivos del Estado y señalar a los comunistas como enemigos de la nación.
Y sí, el peligro fascista es real, pero debemos evitar reducir a este término cualquier gobierno reaccionario, pues esto conduce a un problema político muy grave. Si todo gobierno de extrema derecha es «fascista», entonces bastaría regresar a un gobierno «democrático» para resolver el problema. Así terminan presentando la democracia burguesa como el espacio natural de las libertades populares, mientras el fascismo aparece como una excepción ajena al propio capitalismo.
Eso no es lo que nos ha enseñado el marxismo. Marx, Lenin y posteriormente la Internacional Comunista partieron de una idea fundamental: el Estado burgués, incluso bajo sus formas más «democráticas», sigue siendo un instrumento de dominación de los explotadores sobre las clases trabajadoras. La diferencia entre una democracia burguesa y un régimen fascista no consiste en que uno sea democrático, «represente al pueblo», y el otro no; ambos defienden el dominio del capital. Lo que cambia es la forma mediante la cual se ejerce ese dominio, al final son simplemente dos formas de la misma dictadura burguesa.
La discusión no fue sencilla para los revolucionarios que combatieron al fascismo por primera vez. En el siglo pasado, el ascenso del fascismo en gran parte de Europa, en su forma más completa en Italia, España y Alemania, obligó a la Internacional Comunista (IC) a estudiar durante años este fenómeno. Clara Zetkin, junto a muchos otros dirigentes analizaron su desarrollo y lo fueron caracterizando hasta llegar al VII Congreso de la Internacional Comunista – IC.
La camarada Clara Zetkin en 1923, señaló como una de las causas del fascismo al retraso de la Revolución Mundial causada por la actitud traidora de los líderes socialdemócratas, que llevó a las masas decepcionadas (especialmente a la pequeña burguesía) a buscar refugio en las promesas populistas y demagógicas de los fascistas.
Dimitrov, en 1935, en el VII Congreso de la IC lo definió como «La dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero». Esta definición no surge de un día para otro, fue el resultado de más de una década de debates, errores, rectificaciones y estudio de la experiencia concreta que dejaron una enseñanza decisiva.
El fascismo no se caracteriza simplemente porque un gobernante sea agresivo, autoritario o de extrema derecha. Ni basta con que existan discursos militaristas, de persecución o exterminio contra la oposición. El fascismo implica la mutación del propio Estado. Esto es, que las clases económicamente dominantes, después de una lucha interna en el campo burgués, de pasar por etapas preparatorias «democráticas» y reaccionarias; unifican todas las fuerzas burguesas bajo el dominio del capital financiero para dejar de gobernar mediante las formas e instituciones tradicionales de la democracia burguesa y pasar a ejercer la dictadura abierta, disolviendo el congreso, las cortes, las garantías constitucionales y las libertades democráticas de los trabajadores. De esta manera se sustituye la legalidad burguesa por el terror abierto y se ejerce control sobre las masas mediante una combinación de demagogia social y organizaciones coercitivas.
El fascismo opta por el terror sistemático contra las organizaciones obreras y populares para destruir la organización independiente del pueblo. No es solo derrotar un partido, o ganar unas elecciones; es tomar las medidas directas concretas para impedir que la clase obrera pueda volver a organizarse. Por eso el fascismo ilegaliza sindicatos, destruye partidos obreros, elimina libertades democráticas, organiza fuerzas paramilitares, persigue comunistas y convierte el terror en una política permanente de Estado.
La experiencia histórica demuestra que ningún régimen fascista nace completamente formado, ni aparece de un día para otro. Antes de convertirse en una dictadura abierta pasa por etapas de endurecimiento del Estado, crecimiento del militarismo, fortalecimiento de la extrema derecha, construcción de enemigos internos y debilitamiento progresivo de las libertades democráticas. Dimitrov lo detalla de la siguiente manera:
«El desarrollo del fascismo y de su dictadura revisten en los diferentes países formas diferentes, según las condiciones históricas, sociales y económicas; según las particularidades nacionales y la posición internacional del país dado. En algunos países, sobre todo en aquellos donde el fascismo no tiene una extensa base de masas y donde la lucha de los diferentes grupos en el propio campo de la burguesía es intensa, el fascismo no se decide, desde el primer golpe, a liquidar el parlamento y deja a los demás partidos burgueses, lo mismo que a la socialdemocracia, una cierta legalidad. En otros países, donde la burguesía dominante presiente la explosión inminente de la revolución, el fascismo establece su monopolio político ilimitado, bien al dar el primer golpe, bien acentuando cada vez más el terror y la represión respecto a todos los partidos y grupos competidores. Lo cual de ninguna manera descarta las tentativas del fascismo, en el momento de un empeoramiento sensible de su situación, de ampliar su base y, sin cambiar su esencia de clase, combinar la dictadura terrorista declarada con una falsificación grosera del parlamentarismo».
En estos momentos es importante distinguir entre un régimen fascista plenamente constituido y aquellos gobiernos que incorporan rasgos sin haber transformado todavía toda la estructura política del Estado burgués. A estos últimos podríamos llamarlos protofascistas porque expresan una tendencia, un embrión, hacia formas cada vez más reaccionarias de dominación.
Un protofascista sería un régimen cuya política conserva las formas e instituciones generales de la democracia burguesa, pero fortalece el aparato represivo, exalta el militarismo y el nacionalismo, construye enemigos internos, restringe progresivamente libertades democráticas y busca concentrar mayor poder en el Ejecutivo para defender los intereses de los sectores más reaccionarios y más monopolistas del gran capital.
Por ejemplo, el gobierno de Abelardo De La Espriella representa la llegada al ejecutivo de los sectores más reaccionarios de la burguesía colombiana. Su programa fortalece la militarización de la vida nacional, se sirve de la religión y sus reaccionarios dogmas para su trabajo de dominación ideológica, presenta la seguridad como eje de toda la política estatal y amenaza con ampliar las capacidades represivas del Estado sobre la lucha obrero-popular. Sin embargo, por ahora, mantiene las formas generales de la democracia burguesa con el Congreso, partidos, cortes, elecciones, sindicatos y organizaciones populares.
Si bien no estamos todavía frente a una dictadura fascista abierta; De La Espriella no cuenta con un partido único de la burguesía, ni con milicias oficiales y paramilitares alrededor de este partido o con estructuras y organizaciones de masas actuando alrededor de su programa político reaccionario; tampoco estamos ante un gobierno socialdemócrata o liberal.
Nos encontramos ante la profundización de la política reaccionaria y su desarrollo depende de la lucha entre las clases. La historia muestra que el fascismo no surge únicamente porque aparezca un dirigente autoritario; necesita de una profunda crisis del capitalismo, contradicciones dentro de la burguesía-imperialista y, sobre todo, de un movimiento obrero debilitado e incapaz de responder con independencia.
Esta última enseñanza merece toda la atención. Entre los años veinte y treinta la Internacional Comunista identificó entre las causas que facilitaron el ascenso del fascismo la división del movimiento obrero y las ilusiones sembradas por la socialdemocracia sobre la posibilidad de administrar el capitalismo en beneficio de los trabajadores.
Hoy, aunque la realidad es distinta, también nos encontramos ante una influencia importante del reformismo, que continúa difundiendo la falsa esperanza de que basta llegar al gobierno del Estado burgués mediante las elecciones para resolver los problemas del pueblo y ante una gran dispersión organizativa, confusión ideológica e impotencia política dentro del Movimiento Comunista Internacional.
¿Qué debe hacer entonces el movimiento obrero? La IC nos enseñó que no es suficiente con denunciar el advenimiento del fascismo, hay que impedir que llegue a consolidarse. Y para ello la solución no está en llamar a defender la democracia burguesa. El camino es defender las libertades democráticas y las reivindicaciones del pueblo con la organización y la unidad internacionalista y revolucionaria.
Fortalecer desde ya las organizaciones obreras, campesinas, estudiantiles y populares es la mejor manera de impedir y luchar contra la fascistización del Estado. Se necesitan sindicatos más fuertes, combativos, independientes. Además, son indispensables las Asambleas Populares en barrios, fábricas, universidades y veredas, capaces de unificar la lucha en torno a una plataforma común de reivindicaciones y de defensa de los activistas y luchadores del golpe de los reaccionarios.
Solo un pueblo organizado y dispuesto a luchar puede impedir que un régimen reaccionario, narco paramilitar y protofascista evolucione hacia formas más abiertas de dictadura burguesa.
Pero los comunistas debemos hacer un triple esfuerzo. Como revolucionarios no podemos permitir que el pueblo siga cultivando la confianza en que con la democracia burguesa se frenará el peligro reaccionario. Debemos recordarle al pueblo que la historia enseña que al fascismo no se le derrota en las urnas, sino que es necesario organizarse para salir a defender las libertades democráticas y resistir cada ataque contra sus derechos con la lucha revolucionaria.
Para ello es indispensable elevar la unidad de todos los sectores desde las Asambleas Populares. Estos, son los embriones de poder en los que, al mismo tiempo, el pueblo construya las formas de organización mediante las cuales aprenda a gobernar, a ejercer y defender su poder, el poder del Gobierno Obrero, por el que llamaba a luchar la IC.
Igualmente, es indispensable que los comunistas impulsen todo este trabajo dentro de las masas y contribuyan a construir los embriones del nuevo poder del pueblo, avanzando en la realización del Congreso de Restauración del Partido Político del proletariado en Colombia; que estén dispuestos a asumir el trabajo encomendado por la IC para combatir ferozmente tanto a los embriones fascistas, como al fascismo si llega a instaurarse.
Finalmente, la lucha contra la posible consolidación del fascismo en Colombia o en cualquier otro país, exige a los comunistas y revolucionarios tomarse en serio la tarea de no retrasar más la Revolución Proletaria Mundial y ello exige, mientras luchamos por la unidad del MCI en la construcción de un Centro Político de Dirección internacional de los MLM; abrir, junto a todos los revolucionarios y luchadores del movimiento obrero que estén de acuerdo con la destrucción violenta y total del moribundo sistema capitalista, el camino de la Revolución Mundial dando vida a la Asociación Mundial del Proletariado. Ese sigue siendo el paso más seguro para impedir que la reacción avance en Colombia y en cualquier país.





