El Paro del 77 y las lecciones para la lucha de clases

El Paro del 77 y las lecciones para la lucha de clases 1

El 14 de septiembre de 1977 Colombia se paralizó. Fábricas cerra­das, buses detenidos, barrios y ciu­dades tomados por decenas de miles de trabajadores, estudiantes y las masas populares en general. Fue, hasta entonces, la mayor jornada de lucha revolucionaria del pueblo en el país tras el Bogotazo, la respuesta de las masas a la política económica del gobierno liberal de Alfonso López Michelsen, que descargaba sobre el pueblo trabajador una inflación galo­pante, el desmonte de subsidios al transporte y el alza de impuestos, mientras protegía a los grandes grupos monopólicos de la banca, los alimen­tos y la construcción —Ardila Lülle, Santo Domingo, Sarmiento Angulo, el Grupo GranColombiano—. La con­vocatoria unió a las centrales obre­ras de entonces, que confluyeron en un Consejo Nacional Sindical con un pliego común que exigía reajuste sala­rial del 50 %, congelación de precios y levantamiento del Estado de Sitio.

La respuesta del régimen fue pro­fundizar la represión, los consejos de guerra contra civiles, allanamientos sin orden judicial al punto que las desapariciones se volvieron rutina, y en 1978 el gobierno de Turbay Ayala legalizó ese giro con el Estatuto de Seguridad, que entregó a la justicia militar el juzgamiento de la protesta social.

Este importante episodio de nues­tra historia confirma una verdad que los comunistas no nos cansamos de repetir y es que frente a la moviliza­ción real de las masas, el Estado bur­gués abandona su careta democrática y muestra su verdadero contenido de clase.

El Paro del 77 confirmó una segun­da verdad, la huelga política de masas es una forma concentrada de la lucha de clases, un momento en que el proletariado mide su fuerza frente al Estado. Pero también dejó una lección amarga, que las direcciones sindica­les, incluidas corrientes que se recla­maban «comunistas» pero que actua­ban con lógica reformista, encerraron el paro en un pliego de peticiones económicas y se negaron a plantear la caída del gobierno. La masa tenía la fuerza; le faltó dirección revoluciona­ria capaz de aplicar la línea de masas —recoger las demandas dispersas del pueblo, sistematizarlas y devol­verlas organizadas en un programa propio de poder popular— en vez de dejarlas en manos de una burocracia negociadora.

Esa tarea sigue pendiente. El 24 de junio de 2026 fue proclamado oficial­mente presidente electo el ultradere­chista Abelardo De La Espriella, quien asumió el Ejecutivo el 7 de agosto tras “ganarle” en segunda vuelta a Iván Cepeda por menos de un punto por­centual. Su programa —mano dura policial, reducción del Estado, recor­te del gasto social, blindaje de la pro­piedad de los monopolios, ruptura de los procesos de paz y armamentismo civil— expresa sin disfraz reformista los intereses de la burguesía y el capi­tal imperialista.

Pero la “enorme fortaleza” que pretende mostrar el nuevo gobier­no no existe, por un lado porque el fraude electoral fue evidente, inclu­so si tomaramos el resultado como medianamente verídico, se pondría en evidencia una enorme división, que además existe, y esa si muy clara, por arriba en las clases dominantes donde no todas ven con buenos ojos, ni la alianza con los narcotraficantes y la mafia, ni los métodos mafiosos del aboganster para gobernar.

Frente a un gobierno que adminis­trará abiertamente para el gran capi­tal, la clase obrera no puede confiar su suerte a la negociación de los poli­tiqueros en el parlamento, ni a una oposición meramente institucional, ni a la «desobediencia civil pacífica»; la experiencia del 77 enseña que solo la movilización y lucha organizada e independiente podrá torcerle el brazo al poder de los ricos.

De ahí la vigencia de las asambleas populares, no como espacios de sim­ple deliberación, sino como órga­nos embrionarios de poder popular, donde el pueblo trabajador discute, decide y controla directamente sus luchas, sin permiso de las burocra­cias sindicales y partidarias que his­tóricamente han frenado la lucha de las masas. Asambleas de barrio, de fábrica, de vereda y de universidad, son hoy la forma de aplicar la línea de masas, que se concreta en sostener la alianza obrero-campesina, coordinar fondos de resistencia y defensa jurídi­ca de los perseguidos, y proyectar un programa propio de los explotados y oprimidos.

El paro, como arma de clase, cumple ahí su función histórica, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para conquistar y defender derechos y medir la correlación de fuerzas entre las clases. Y es el pro­letariado industrial —el que trabaja en plantas, ensambladoras y centros logísticos— quien posee la capaci­dad de paralizar la producción y gol­pear al capital donde más le duele, la ganancia. Es la propia lógica de la gran industria la que concentra, discipli­na y organiza a esta clase en el punto exacto de la producción, dotándola de un peso que ningún otro sector posee por sí solo. Sin su participación acti­va, ningún paro nacional pasa de ser una manifestación simbólica; fuerza que unida al campesinado y a los sec­tores populares urbanos, se convierte en fuerza material capaz de cambiar el rumbo del país.

Frente al gobierno entrante del aboganster, retomar el espíritu del paro del 77 significa construir asam­bleas populares en cada fábrica y cada barrio, tejer la alianza obrero-campesina y preparar, con disciplina organizativa y sin espontaneísmo, las fuerzas para las batallas de clase que se avecinan.

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