
Lucía se levanta a las cuatro de la mañana. Prepara el desayuno para sus hijos, deja la ropa remojando y camina más de una hora hasta llegar a la fábrica donde trabaja por un salario que apenas alcanza para el arriendo. Allí soporta gritos, miradas incómodas y la amenaza constante de ser despedida si se queja. Al volver a casa, después de diez horas de trabajo, todavía la espera otra jornada: limpiar, cocinar, cuidar, escuchar, sostener. Lucia no es una excepción, es el reflejo de millones de mujeres.
A muchas nos enseñaron que esta vida es «normal», que así han sido siempre las cosas. Pero la verdad es otra, porque la opresión de la mujer no es natural, es histórica. Tiene raíces profundas en el nacimiento de la propiedad privada, en la división de la sociedad en clases y en la pérdida del derecho materno y la posterior imposición del derecho paterno, donde el poder del padre se impuso sobre el cuerpo, el trabajo y la vida de las mujeres, así como sobre los hijos y la familia.
Desde el esclavismo hasta el capitalismo, pasando por el feudalismo, el hilo conductor es la mujer como propiedad. Propiedad del padre, del esposo, del patrón, del Estado. Engels lo explicó con claridad cuando dijo que «el derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino». Desde entonces, el hombre empuñó las riendas del hogar y la mujer fue degradada a servidora, a objeto sexual, a simple instrumento de reproducción.
Hoy, en pleno siglo XXI, esa historia se mantiene y se agudiza, pues en el capitalismo las condiciones son peores, las mujeres estamos doblemente encadenadas. Por ejemplo, Rosa es empleada doméstica, no tiene contrato, no cotiza a salud ni a pensión, y gana menos del salario mínimo. Aun así, hace el oficio en dos hogares, el de su patrona y el suyo. Cuando llega la noche, el cansancio no la deja ni pensar. Y, sin embargo, todavía debe escuchar que «no se esfuerza lo suficiente».
Como Rosa, millones de mujeres proletarias viven doblemente explotadas, tanto por el capital, como por el sometimiento con las labores del hogar. Pero también doblemente oprimidas, por el patrón en el trabajo y por el marido en el hogar. Son obreras en la fábrica y sirvientas en la casa. Son fuerza de trabajo barata y mano de obra doméstica gratuita. Por eso la mujer obrera está llamada a ser la vanguardia del Movimiento Femenino Revolucionario, porque sobre ella recaen con mayor crudeza las contradicciones del sistema.
El capitalismo se presenta como una promesa de igualdad. Nos dice que hoy tenemos «derechos», que podemos votar, estudiar, trabajar. Pero esa igualdad es apenas formal. En la práctica, seguimos atrapadas en una estructura que se beneficia de nuestra doble opresión y explotación.
En el capitalismo, la mujer se incorpora masivamente a la producción, pero no se libera. Gana un salario, pero sigue siendo esclava doméstica. Se reconoce como ciudadana, pero se le niega el control real sobre su vida. Se le promete autonomía, pero se le carga con una doble jornada interminable.
La igualdad legal no elimina la desigualdad real; por el contrario, la vuelve más visible. Sin embargo, nada de lo que hoy tenemos fue regalado. Cada derecho fue conquistado con lucha. Las sufragistas, las obreras en huelga, las mujeres que desafiaron dictaduras, las que se organizaron en sindicatos, en partidos, en colectivos barriales, en fin, todas ellas forman parte de una historia de resistencia que atraviesa continentes y generaciones.
Por ejemplo, en el mundo surgieron el Buró Internacional de Mujeres Socialistas, los Congresos de Mujeres Comunistas, los movimientos populares en América Latina. En Colombia, las mujeres han estado presentes en sindicatos, en organizaciones políticas, en movimientos de masas como la Unión de Mujeres Demócratas, en la Red Urbana Combatiente de Mujeres, en los congresos de sindicalistas, en los encuentros de trabajadoras, en las organizaciones y colectivos de las comunidades campesinas y pueblos indígenas… Hoy, ese movimiento continúa en colectivos, redes, organizaciones de base y activismo digital, denunciando el machismo, la violencia, los feminicidios, el acoso, y defendiendo derechos como el aborto legal.
Pero hay una pregunta que no podemos seguir evadiendo y que como revolucionarias debemos responder sinceramente ¿Es posible la emancipación de la mujer dentro del capitalismo?
Para dar respuesta a ello, hay que entender primero que el feminismo burgués propone la igualdad dentro del sistema. Aspira a que haya más mujeres en cargos de poder, más gerentas, más empresarias. Pero no cuestiona que la raíz de la opresión es la propiedad privada, la explotación y el Estado burgués.
¿De qué sirve que una mujer dirija una empresa si esa empresa explota a otras mujeres? ¿De qué sirve que haya más ministras si siguen gobernando para los parásitos burgueses, para el capital financiero, para los monopolios internacionales, para los imperialistas?
Este feminismo habla de derechos, de inclusión y de matriarcado, pero guarda silencio frente a la miseria en la que viven millones de trabajadoras.
Por eso, hoy se vuelve urgente disputar la dirección del Movimiento Femenino y construir un Movimiento Femenino Revolucionario (MFR), que no se conforme con migajas, sino que luche por la transformación radical de la sociedad. Un movimiento para cambiarlo todo, un movimiento que rechaza la mercantilización del cuerpo femenino y se opone a la prostitución como institución, sin criminalizar a las mujeres que han sido empujadas a ella por la miseria. Un Movimiento Femenino Revolucionario que no sea una ONG, ni una moda, ni una campaña pasajera, sino una organización de masas, anticapitalista y antiimperialista, que entiende que la opresión y explotación a la mujer está unida a la opresión y explotación de la clase obrera. Un movimiento que no espera salvadores, sino que confía en sus propias fuerzas, en la organización y en la acción colectiva.
Por ello desde este movimiento convocamos a las obreras, campesinas, indígenas, mujeres de la pequeña burguesía, mujeres trans… todas, hombro a hombro, para luchar contra el enemigo común que es el capitalismo imperialista. El MFR no habla en abstracto. Habla desde la experiencia concreta de las mujeres y los derechos y exigencias de las explotadas y oprimidas, que en lo laboral tiene en cuenta que ninguna mujer debería elegir entre comer o descansar, que ninguna debería ganar menos por el mismo trabajo, que la maternidad no puede ser un castigo en los sitios de trabajo; de ahí que la lucha sea por igual salario por igual trabajo, contratación directa y condiciones dignas de trabajo, formación para la independencia económica, licencia menstrual, espacios de lactancia, sanciones a empresas que toleran el acoso.
Pero no solo en el terreno laboral va nuestra lucha, también debemos dar la pelea en lo social porque cada feminicidio es una herida abierta, porque cada niña abusada es una denuncia contra el sistema, basta ver las porquerías de las altas élites del poder con el caso Epstein, o sin ir tan lejos, la prostitución de menores en Medellín; por eso el MFR exige condenas reales a feminicidas y violadores, atención integral y gratuita a víctimas, protección a mujeres que se defienden, subsidios para embarazadas y lactantes sin empleo, erradicación del hambre y la explotación infantil, vivienda digna para madres cabeza de hogar, aborto legal con garantías y derechos plenos para mujeres trans.
Y por supuesto que también pelearemos por derechos políticos, porque las leyes sin cumplimiento son papel mojado y porque no habrá libertad real mientras exista un Estado al servicio del capital.
Debemos organizarnos para vivir sin miedo, debemos entender que la historia no cambia sola, la cambian la clase obrera y los pueblos cuando se organizan. Por eso, el Movimiento Femenino Revolucionario impulsa la creación de Comités de Mujeres en barrios, colegios, universidades, fábricas, veredas y sindicatos; comités que sean espacios para aprender, debatir, planear y luchar juntas.
Cada comité es una semilla. Cada mujer organizada es una grieta en el sistema y así será cuando unamos los Comités de Mujeres a la lucha revolucionaria por derrocar el Estado burgués y construir un Estado de obreros y campesinos.
¡No queremos un lugar en la mesa de los poderosos. Queremos voltear la mesa!
¡La sociedad nos ha puesto cadenas, pero también nos ha dado fuerza. Hoy, esa fuerza nos llama a unirnos, a organizarnos, a luchar!
¡La emancipación de la mujer no es un favor, es una necesidad histórica y juntas, podemos conquistarla!






