
A continuación publicamos el punto de vista de un lector y colaborador de Revolución Obrera frente a la reciente invasión yanqui en Venezuela, y su llamado a organizarnos y luchar contra el imperialismo de toda calaña y en particular el imperialismo yanqui que continúa sus preparativos de guerra pisoteando a los pueblos del mundo.
La invasión a Venezuela violando la carta de las Naciones Unidas, los principios del derecho internacional, la soberanía, la autonomía y la autodeterminación de los pueblos de América Latina y del mundo; pisoteando la independencia y la libertad, determina que el imperialismo norteamericano pretende convertir a estos pueblos en una neocolonia donde los países de América Latina pierden todos sus derechos y adquieren un amo, un dueño a quien le deben obedecer y acatar, cuya autoridad suprema la ejerce el señor Trump como presidente de los Estados Unidos, creyéndose prácticamente el rey de estos territorios.
Este es el pensamiento regresivo y retrogrado del señor Trump, quien piensa que los territorios de los pueblos de América Latina, sus recursos y la gente son propiedad privada de los Estados Unidos y no tienen derechos.
En Venezuela, Trump nombró a sus administradores sin consultar a nadie y repartió los recursos, especialmente el petróleo, entre diversas empresas petroleras de Estados Unidos, las cuales financiaron la invasión. Hoy, estas mismas empresas son las encargadas de la denominada «reconstrucción económica y política de Venezuela», bajo la tutela de Estados Unidos, a través de su Estado y del jefe supremo de la invasión, el señor Donald Trump, quien irá evaluando el comportamiento de sus nuevos súbditos. En la medida en que estos respeten y acaten el mandato supremo de Estados Unidos, no será necesaria una segunda ola de invasiones y bombardeos como castigo por no obedecer fielmente las políticas y los intereses estadounidenses.
El equipo del señor Trump, presentado como el equipo supremo de la nueva reconquista, se ha caracterizado por actuar como un grupo que administra a los súbditos y, al mismo tiempo, cumple el papel de inquisidores. Ellos van construyendo delitos y cargos, enjuiciando y sentenciando a quienes no se alinean o no cumplen cabalmente con los intereses y la política de invasión del imperialismo norteamericano. A las naciones o pueblos que no comparten su política e intereses se les castiga con la amenaza o ejecución de invasiones y bombardeos, como ocurre en una primera etapa con países como Cuba, Nicaragua, México, Colombia y Brasil.
A Venezuela se le ha ordenado romper las relaciones económicas y políticas con Rusia, China, Irán y Corea del Norte, y, a la vez se le impone la prohibición de venderles petróleo. En el comercio petrolero, tanto los precios de venta como los volúmenes son fijados por Estados Unidos.
Mediante la tutela que ejerce los Estados Unidos controla el transporte fluvial, aéreo y terrestre y mantiene el control militar de invasión y reconquista que está muy bien dotado de personal y armas, muy similar a las bandas de piratas en la colonia, que atracaban los buques en el mar para robarse el oro y la plata; hoy se roban el petróleo y toda clase de mercancía que pase por el mar, además tienen la orden de matar y exterminar a todos los que se resistan. Estos «piratas» al mando del equipo de invasión han robado petróleo, destruido buques y lanchas, asesinando mucha gente y no dan cuenta de sus pesquisas, decomisos o robos.
Las grandes movilizaciones que se han desarrollado en el mundo en rechazo a la política de invasión y saqueo del imperialismo norteamericano contra Venezuela han tenido un impacto significativo. La solidaridad contra la invasión y el secuestro de Maduro se ha generalizado, agudizando las contradicciones internas tanto en Estados Unidos como a nivel internacional. Como resultado, Estados Unidos, y Trump como presidente, quedan cada día más aislados.
La magnitud de la movilización del propio pueblo estadounidense ha dado origen a un movimiento que exige la destitución de Trump como presidente, ya que la población no aguanta más sus amenazas constantes, la promoción de invasiones contra diversos pueblos y el saqueo de sus recursos. Trump, actuando como un guerrerista descontrolado, compromete cada vez más a Estados Unidos en múltiples guerras, profundizando la crisis económica y política que atraviesa el imperialismo norteamericano. Esto genera un amplio rechazo y una creciente movilización de las diversas comunidades que viven en Estados Unidos.
Lejos de fortalecerse, el imperialismo se está debilitando, ocurriendo exactamente lo contrario de lo que Trump esperaba lograr con su política de invasión. En lugar de imponer terror y dominio, está generando cada día más odio y un fuerte sentimiento antiimperialista en todas las regiones del mundo y dentro del propio Estados Unidos, como lo demuestran las recientes movilizaciones de millones de personas contra la guerra y las invasiones del imperialismo norteamericano a distintos pueblos.
Existe una posibilidad muy fuerte de que en el Congreso de Estados Unidos se unan los demócratas con un sector importante de los republicanos para destituirlo, debido a su política de corrupción, invasión y promoción permanente de la guerra a nivel mundial. Paralelamente, el dólar está perdiendo fuerza y valor, mientras cada día más países se incorporan a los BRICS, fortaleciendo la tendencia a liberarse del dólar y a constituir una nueva moneda fuera de su control.
En Colombia vuelve a expandirse por todas las regiones un fuerte espíritu antiimperialista y antiyanqui. Este proceso está abriendo el camino para que las diversas fuerzas avancen hacia la unidad en torno a un enemigo común: el imperialismo. Incluso comienzan a escucharse planteamientos sobre la necesidad de detener la guerra interna entre los distintos grupos, con el objetivo de fortalecerse y enfrentar de manera conjunta al imperialismo norteamericano.
Para los revolucionarios resulta insoportable observar y escuchar la arrogancia de Trump, quien actúa como si fuera el dueño del planeta y de todos sus habitantes. Se comporta como si el imperialismo tuviera el derecho absoluto de invadir, someter, matar, robar y saquear sin que exista ningún control, creyéndose dueño de la vida y con la supuesta autoridad de ordenar asesinatos y muertes a su antojo.
Frente a estas prácticas y políticas, los pueblos van comprendiendo que para frenar a Trump no existe otro camino que la resistencia organizada, la unidad y la movilización decidida. Solo luchando con firmeza por la soberanía, la autonomía, el poder de decisión y la autodeterminación de los pueblos es posible avanzar en la defensa de la independencia y la libertad.
Resulta especialmente duro escuchar las humillaciones de Trump, quien no ha dudado en amenazar a Colombia con la invasión, el bombardeo y el saqueo, construyendo una narrativa en la que acusa al presidente de narcotraficante para justificar sus agresiones.
Las condiciones para avanzar están dadas. Lo fundamental es trabajar intensamente para organizar cada día a más campesinos, indígenas, afrodescendientes, obreros, estudiantes, intelectuales, mujeres, jóvenes, niños y desempleados. Es imprescindible fortalecer tanto los organismos políticos como las formas de resistencia, en la ciudad y en el campo, y no darle tregua al imperialismo, evitando que nos ataque sin organización ni conciencia clara del papel que cumple en la opresión, el sometimiento y la explotación de nuestro pueblo.
El pueblo colombiano debe comprender que la única vía para frenar y derrotar al imperialismo es la lucha organizada y masiva, movilizando a miles y miles con plena decisión. Permitir la dominación imperialista significa aceptar la esclavización, la pérdida de la soberanía, la autonomía y la libertad.
La invasión imperialista implica para los pueblos del mundo el saqueo y robo de sus recursos, el despojo de sus territorios, la destrucción de sus culturas, las masacres, los asesinatos, la persecución de dirigentes y autoridades, la pérdida de libertades y derechos, y la imposición de un régimen de opresión, explotación y dominación neocolonial. Es la negación del derecho a la soberanía, la autonomía y la autodeterminación de los pueblos. Ante esa realidad, convertirse nuevamente en esclavos no es una opción: es preferible morir luchando por la independencia y la libertad.
Por ello, debemos luchar con constancia y determinación para impulsar, en todos los espacios, una política de unidad y articulación. Nos enfrentamos a un solo enemigo que, aunque poderoso, se debilita considerablemente ante la movilización y la unidad de todas las fuerzas populares. La historia de la lucha de los pueblos del mundo demuestra que ese enemigo puede ser derrotado.
Carlos Álvarez





