
Esta arenga, agitada por las mujeres en Chile desde hace años, refleja una situación que vivimos las mujeres revolucionarias, comunistas, sindicalistas y líderes sociales: por un lado, tener una pareja que, al igual que nosotras, participa en la lucha por mejorar la situación inmediata o en las tareas orientadas a transformar de fondo la sociedad en la que vivimos, que participa junto a nosotras en nuestra causa particular y sale a las calles para condenar al patrón que nos explota y se sobrepasa sexualmente con nosotras; que repudia los feminicidios y exige al Estado derechos reproductivos, sociales y políticos. Lo que nos llena de entusiasmo pues, a diferencia del feminismo burgués —que centra el problema en los hombres como culpables de nuestra situación—, entendemos que el enemigo es el sistema y que mujeres y hombres del pueblo necesitamos marchar juntos contra ese enemigo común.
Pero cuando nuestros compañeros de lucha reproducen el machismo en el ámbito familiar o en la cotidianidad de la vida organizada, actuando como el Pinochet y replicando en el hogar toda la basura burguesa que se supone despreciamos, nos provoca una profunda decepción. En muchas ocasiones, esto conduce a la marginación o a aceptar posiciones que circulan en el movimiento feminista, de marchar, organizarse y construir una sociedad solo de mujeres.
Resulta inadmisible que no participen activamente en las labores del cuidado de los hijos y mascotas, en la preparación de alimentos, el cuidado de la ropa y el aseo del hogar; que celen hasta impedirnos hablar con otros compañeros, o que coarten y manipulen nuestra participación en reuniones, mítines, huelgas o asambleas, es decir, en todas las actividades propias de una mujer de vanguardia. Tampoco es aceptable ignorar nuestras condiciones materiales, las cuales muchas veces nos impiden participar en igualdad de condiciones. Y ni hablar del maltrato físico que es absolutamente condenable en un comunista y límite definitivo para sostener cualquier relación, además de motivo suficiente para cuestionar su permanencia en una organización revolucionaria.
Quienes se comportan como burgueses en la casa o en la reunión, perjudican la unidad del partido, del sindicato o de la organización popular. Dañan la lucha y la revolución al fracturar la unidad de género, que debe ser la más alta, si comprendemos que la lucha fundamental es de clases.
Los compañeros que han entendido que «la lucha contra la opresión de la mujer y por su emancipación está inseparablemente ligada a la lucha de clases, al combate del movimiento obrero por la revolución socialista que, mediante el poder de un nuevo Estado de Dictadura del Proletariado, abolirá la propiedad privada sobre los medios de producción y los socializará en avance hacia una sociedad sin clases»[1] tienen el deber de actuar conscientemente y combatir su propio “Pinochet” que es esa expresión de dominación que nos lastima, nos minimiza y, lo más grave, nos margina de la lucha, pues no habrá transformaciones reales y radicales sin la participación activa de las mujeres.
Por nuestra parte, el llamado es a no rendirse, a combatir toda manifestación de machismo en nuestras filas, ¡no es fácil, es cierto! Sin embargo, ceder terreno a la ideología burguesa —manifestada a través de nuestros compañeros— alejándonos de la lucha de clases, que, pese a los errores, somos más libres, que regresar a la vida cotidiana y gris de producir todos los días para el patrón (cuando se tiene empleo) y luego cumplir la jornada de esclavitud doméstica, mientras los explotadores avanzan en su carrera de destrucción hasta de esta vida cotidiana y gris, es algo que no podemos permitir.
Por eso, el llamado para TODOS es claro: mujeres como esclavas, ¡nunca más!
Una camarada
[1] Plataforma de Lucha del Movimiento Femenino Revolucionario





