La salud mental en el capitalismo es una muestra del malestar de clase

La salud mental en el capitalismo es una muestra del malestar de clase 1

Cuando alguien no puede dormir por la angustia de no llegar a fin de mes, el discurso dominante de la ideología burguesa le ofrece un diagnóstico, un fármaco y una consigna: «trabaja en ti». El sufrimiento se presenta como un defecto individual, con un cerebro averiado, una mala gestión emocional, falta de resiliencia. Desde el análisis comunista, esta operación no es neutral. Individualizar el malestar es la forma que adopta, en el terreno de la salud, la individualización general que exige el capital.

El punto de partida es materialista, el ser social determina la conciencia. Marx lo formuló así: no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino su ser social el que determina su conciencia. Si la vida material de millones de personas se organiza en torno a la venta forzosa de su fuerza de trabajo, la psique no puede quedar al margen. No se trata de negar que existan componentes biológicos en ciertos sufrimientos, sino de afirmar que una clínica que ignora las condiciones materiales confunde el síntoma con la causa y trata como asunto privado lo que es un fenómeno social.

En 1844, Marx describió cómo el trabajador bajo el capitalismo se enfrenta a su producto, a su actividad, a los demás y a su propia esencia como algo ajeno. Hoy ese extrañamiento adopta formas reconocibles, jornadas interminables, tareas fragmentadas, trabajos cuyo sentido se desconoce, métricas de productividad, vigilancia algorítmica. El agotamiento, la ansiedad y el vacío son respuestas comprensibles a una actividad vital que no nos pertenece, no «disfunciones».

El capital necesita una masa de desempleados y subempleados para presionar los salarios a la baja y disciplinar a quienes trabajan. La inseguridad permanente (contratos temporales, deuda, vivienda inaccesible) produce hipervigilancia, insomnio y desesperanza. La deuda, en particular, convierte el futuro en propiedad ajena. El estrés crónico que llega a consulta tiene domicilio, la fábrica, el almacén, la plataforma, el banco.

La competencia generalizada convierte a las personas en rivales y a sus relaciones en medios. El fetichismo de la mercancía invade el cuerpo, la imagen y las emociones. Las redes sociales venden comparación permanente y la industria del bienestar vende la solución individual. El malestar se vuelve mercado, con la industria farmacéutica, la autoayuda y el coaching. Esto no significa que todo tratamiento sea inútil, sino que el sistema que enferma también lucra con la gestión del daño sin tocar su origen.

Ahora bien, una mirada comunista no puede limitarse a la clase obrera de los países imperialistas. En las sociedades oprimidas por el imperialismo, que Mao caracterizó como semicoloniales, el despojo de tierras, la migración forzada, la violencia y la superexplotación dejan un trauma colectivo. A ello se suman opresiones que el capitalismo reproduce y aprovecha, que carga a las mujeres con la explotación asalariada y la esclavitud doméstica; el racismo; la violencia contra las disidencias sexuales. La salud mental tiene clase, género y geografía.

Rechazar la patologización no implica negar el sufrimiento ni desatender a quien lo padece. Implica cambiar la pregunta de «¿qué le pasa a esta persona?» a «¿qué le pasa a la sociedad que produce este sufrimiento?». Implica acompañar sin culpabilizar y reconocer que la clínica, por sí sola, no basta.

Así, el malestar no se resuelve con terapias de adaptación a un orden injusto, sino transformando las relaciones de producción que lo generan. La organización colectiva ya es, en sí misma, reparadora; el sindicato, el comité barrial, la organización política o el colectivo de mujeres rompen el aislamiento y devuelven capacidad de acción. Los intentos revolucionarios del siglo XX, como los «médicos descalzos» de la China maoísta, apostaron por una salud que nace del pueblo y le sirve. La apuesta es no adaptar a las personas al capitalismo, sino superarlo para que desaparezca el sufrimiento evitable que genera y esa apuesta solo puede concretarse y ganarse, con la organización de los desposeídos en cada país y en el mundo, contra quienes generan absolutamente todos los males de la sociedad y, luchando como uno solo por enterrar este sistema podrido y su Estado con una revolución violenta, que remueva toda esta escoria y ofrezca a los explotados y oprimidos nuevas razones para vivir.

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