
Para los que tuvieron algo de fortuna y les dictaron la clase de historia de Colombia en el colegio pues como saben fue retirada del pénsum en 1994 y restablecida en 2017, lo que sucedió el 20 de julio de 1810 es una aburrida historia de cómo por un florero se declaró el «grito de independencia». Se contaba de un florero roto, unos discursos fogosos en la Plaza Mayor por parte de unos «próceres» y mártires de la independencia y en la clase siguiente se veía la Batalla de Boyacá del 7 de agosto de 1819 en la que se daba fin a la campaña de independencia derrotando a los españoles. Todo esto acompañado de la idea de defender una nación «soberana e independiente», en la que todos son ciudadanos con derechos, «iguales» ante la ley y la Constitución colombiana. Se enseñaba en los pénsum escolares una amalgama de verdades a medias y bastantes mentiras, pénsum que por demás, eran establecidos por las instituciones y gobernantes al servicio de las clases dominantes.
Para el proletariado revolucionario, que concibe la historia como la historia de las masas, las cuales están divididas en clases sociales y por tanto con intereses propios de su clase, que las hacen enfrentarse entre sí, lo ocurrido el 20 de julio de 1810 y los años siguientes hasta lograr la independencia de España es parte de una lucha que libraron las masas populares por sus intereses, de una trayectoria de lucha por tratar de obtenerlos, pero también de perderlos, al no comprender aún la necesidad de tener independencia de clase.
El 20 de julio de 1810 era viernes, día de mercado, lo que hacía que la plaza central estuviera llena y eso fue parte precisamente de lo acordado por un grupo de acomodados criollos que días antes se habían reunido y pactado crear un caos que sirviera para que las masas populares, reunidas ese viernes, respaldaran la jugada política de convocar a una Junta en la que tuvieran cabida los criollos ricos, sin destronar el virrey Amar y Borbón y mucho menos oponerse al rey Fernando VII. Aquellos llamados «próceres de la independencia»: Camilo Torres, José Acevedo y Gómez, Jorge Tadeo Lozano, Antonio Morales…entre otros, no estaban interesados en independizarse de España.
Simplemente querían mayor participación política, pues no se creían americanos sino, españoles que merecían un mejor trato de la corona española; y mucho menos estaban interesados en liberar al pueblo; así se expresaba Camilo Torres de los indígenas: «los naturales son muy pocos o son nada en comparación con los hijos de los europeos que hoy pueblan estas ricas posesiones. […] Tan españoles somos como los descendientes de don Pelayo» 1. Pero sí estaban interesados en servirse de la fuerza del pueblo para sus intereses.
El tal caos consistió en solicitar un florero al español José González Llorente, buscando que ante la repulsa del anciano se llamara a las masas populares a convocar un Cabildo y se exigiera al virrey una Junta de Notables; replicando la Junta de Cádiz que se había creado en España como respuesta al golpe de Estado de los franceses que obligó a la abdicación de Carlos IV y su hijo Fernando VII; quedando como gobernante José Bonaparte, hermano de Napoleón Bonaparte. Las contradicciones en España facilitaban a los criollos exigir mayores prebendas políticas.
El pueblo reunido ese viernes de mercado, que también estaba descontento con la corona española, pero por causas muy distintas, sobre el medio día se movilizó bajo las consignas de: ¡Abajo el mal el gobierno! ¡Viva el cabildo! ¡Queremos Junta! ¡Mueran los bonapartistas! La furia del pueblo que «rompiendo a pedradas las vidrieras, forzaron las puertas y todo lo registraron» hizo temblar al virrey Amar, quien pretendía enviar las tropas para aplastar a los insurrectos por petición de la virreina y de paso también asustó a los «próceres» quienes salieron huyendo. Sobre las seis de la tarde, creyendo el pueblo que había cumplido su deber y confiando en que aquellos criollos eran sus amigos y representaban sus intereses, regresó a sus casas, pero aún no se había garantizado el establecimiento de la Junta. José Acevedo intentó llamar a las pocas gentes que había en la Plaza para que se mantuvieran.
Ya casi triunfante el virrey, pues unos cuantos criollos no representaban peligro y habían perdido el apoyo de los verdaderos protagonistas de los cambios, se preparaba para cantar victoria cuando en la noche del 20 de julio, nuevamente la participación de las amplias masas le dio un giro a la historia. Un grupo de jóvenes estudiantes y dirigentes, entre ellos uno llamado José María Carbonell, se fueron para las barriadas más pobres de la ciudad, llamando a que se concentraran en la Plaza central para exigir un Cabildo Abierto y no una Junta de Notables; es decir, una asamblea popular en la que fueran las gentes sencillas las que tuvieran el poder real. Hacia las siete de la noche nuevamente se escuchaba el poder del pueblo que marchaba desde la periferia hacia el centro del poder. Sobre las ocho de la noche se concentraron alrededor de nueve mil personas, mujeres, hombres y niños de rostros americanos que ciertamente despreciaban a los gobernantes españoles, pues, por varios siglos, fueron las directas víctimas de los látigos del español y de sus hijos bastardos.
Obligado por el temor que infundía la muchedumbre, el virrey Amar aceptó dialogar; la exigencia del pueblo amotinado era Cabildo Abierto. Intransigente, el virrey aceptó un cabildo extraordinario, el cual consistía en aceptar una mesa de negociación solamente con los notables. Los criollos a la cabeza de Acevedo y Gómez se sentaron a negociar con el oidor Jurado, representante del virrey. Tanto al virrey como a los criollos ricos, no les interesaba que fuese el pueblo quien tuviera el poder; así que terminaron realizando un acuerdo que no representaba las aspiraciones de las masas populares quienes fueron las que contribuyeron decididamente a que este se hiciera.
En el acta solo se hablaba de mantener al virrey y la virreina intactos en el poder, se declaraba obediencia a Fernando VII, se mantenía todo el régimen económico y social de la Colonia, es decir, «sin establecer la libertad de cultivos; sin distribuir tierras apropiadas a las gentes que han de trabajarlas; sin rescatar ninguna comunidad indígena; sin acordar subsidios inmediatos para las familias más necesitadas; sin atacar, en fin, por su base el régimen de iniquidad de la Colonia.» 2 y solamente se le daba cupo a un cabildo de notables, como era la pretensión de los «próceres» de la independencia desde el principio.
El pueblo en las calles enfrentaba a las tropas que se disponían a disolver el motín; las mujeres, como suele suceder en estos trascendentales eventos, actuaron decididamente; cuentan que una de ellas «reunió a muchas de su sexo y en su presencia tomó de la mano a su hijo, le dio la bendición y dijo: ¡ve a morir con los hombres! Nosotras las mujeres (volviéndose a las que la rodeaban) marchemos delante; presentemos nuestros pechos al cañón; que la metralla descargue sobre nosotras y los hombres que nos siguen, y a quienes hemos salvado de la primera descarga, pasen sobre nuestros cadáveres; ¡que se apoderen de la Artillería y libren la patria!» 3 . Desafortunadamente, en las mesas de negociación no hubo representantes directos del pueblo y este finalmente cansado, después de una jornada de enfrentamientos y lucha en las calles, sobre la madrugada del 21 de julio se retiró. También, porque confiaba en que los notables eran sus amigos, pero como dice Ignacio Torres Giraldo en su texto Los inconformes: «¡…mientras el pueblo tiene confianza y pone fe en sus amigos, éstos la tienen más, en ocasiones, en los enemigos del pueblo!»
El grito de independencia del 20 de julio fue un día de lucha del pueblo que sí estaba interesado en romper las cadenas de opresión del imperio español y del régimen establecido por la Colonia; los llamados próceres de la patria se vieron obligados por el espíritu revolucionario de las masas populares a radicalizarse con respecto a la corona española, mas no, a los cambios en sus privilegios. La campaña libertadora que se sucedió algunos años después bajo promesas de cambio para el pueblo, lo llamó a luchar y este lo hizo decididamente como ese 20 de julio, llevándola a término; La Nueva Granada, como se llamaba Colombia en ese entonces, se liberó de España, obtuvo la República, el gobierno para los ricos hacendados criollos, pero el pueblo no conquistó nada, entregó muchas vidas a cambio de promesas incumplidas que hoy en día se mantienen.
En retrospectiva, no era fácil que las masas populares comprendieran que su lucha debía ser independiente, había ingenuidad e inexperiencia, pero han pasado 215 años desde aquel 20 de julio, las masas populares han adquirido una rica experiencia de lucha, de engaños y fracasos, ahora es más claro que la historia de Colombia es la historia de la lucha de clases, de unos cuantos ricos que tienen el poder económico, político y social y la inmensa mayoría del pueblo trabajador que debe luchar con independencia de clase. Ahora es más claro que cuando nuevamente se realicen las Asambleas Populares, que son el camino para enfrentar esas clases dominantes que siguen en el poder, se debe garantizar que verdaderamente sea el pueblo quien ejerza el poder real y no sea nuevamente utilizado por sus falsos amigos quienes, como hace dos siglos, son en verdad amigos de los enemigos del pueblo.
[1] «Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia» – Indalecio Liévano Aguirre [2] «Los inconformes», Tomo I – Ignacio Torres Giraldo [3] «Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia» – Indalecio Liévano Aguirre





