¿Una guerra campesina por la tierra o una guerra contra el pueblo y por la renta?

¿Una guerra campesina por la tierra o una guerra contra el pueblo y por la renta? 1

Nuevamente es noticia la guerra que hay en el Catatumbo entre las disidencias y el ELN, y nuevamente quienes pagan las consecuencias son las familias campesinas y proletarios agrícolas de la zona, pero en esta nota no nos vamos a enfocar en lo que está sucediendo en el Catatumbo, sino daremos una mirada general de como la guerra, en algún momento impulsada por grupos revolucionarios basados en el aventurerismo, el guerrillerismo errante y el terror aislado contra el Estado y los paramilitares, se ha degradado llegando a un punto contrarrevolucionario. Un hecho que algunos revolucionarios e incluso algunos que se dicen marxistas leninistas maoístas ocultan y distorsionan hablando de que tal guerra burguesa contra el pueblo hace parte de la lucha campesina por una supuesta revolución de nueva democracia.

Es de conocimiento público que las disidencias que se hacen llamar FARC, no son las mismas FARC de su origen, sino estructuras que surgieron durante o después del “acuerdo de paz” entre los jefes de esa guerrilla y el Estado burgués. Tales estructuras han llegado a un punto degradante que es la continuación de lo que ya traía la antigua organización guerrillera, cuando decidió involucrase totalmente en el negocio del narcotráfico y la minería. Las FARC, surgidas como respuesta legítima de los campesinos a la violencia burgués terrateniente en los años 60, la pasaron de cobrar el gramaje en las zonas cocaleras a finales de los años 80 a producir y exportar cocaína en los 90. En muchas zonas esa guerrilla empezó prestando “seguridad” y “asesoría” a los campesinos que cultivaban coca, posteriormente organizaron la logística para que los campesinos bajaran a vender al pueblo la pasta base, cobrando un porcentaje por toda esa actividad. Pero como una cosa lleva a a la otra, en muchas regiones comenzaron a sentarse en la misma mesa con los narcoparamilitares a negociar cargamentos de cocaína, como sucedió en reuniones en la ciudad de Cúcuta. Ese modus operandi fue aprendido por comandantes del ala financiera y militar de la guerrilla que luego se declararon disidentes y no se acogieron al “acuerdo de paz”; esos jefes, muchos de ellos mandos medios y bajos, ascendieron y comenzaron a acumular riqueza con base en ese negocio, como en la actualidad Iván “Mordisco” y “Calarcá”. También hay otros comandantes como “Walter Mendoza” que no siguió las orientaciones de “Iván Márquez” y decidió armar su propia disidencia. Todos esos comandantes no tienen nada de revolucionario, solo están pensando en sus ganancias personales, porque así como los antiguos comandantes entraron en el orden legal burgués para legalizar su riqueza con un bajo perfil (algunos de ellos ahora están en el Congreso de los ricos y tienen hasta oro escondido); así, mientras algunos de los jefes que firmaron la rendición se robaron el oro y el dinero, la mayoría de los guerrilleros rasos terminaron, muchos asesinados, en la miseria o abandonados, creyendo en la revolución de la cual hablaban sus jefes.

Además de la cocaína, la minería es otra fuente de financiamiento de las disidencias. No explotan a la escala de una multinacional, pero sí tienen infraestructura en regiones donde pueden hacerlo como en el Cauca, explotando fuerza de trabajo y generando impactos sociales y medio ambientales negativos.

Podemos concluir entonces que las disidencias funcionan como grandes empresas mafiosas donde quienes más acumulan riqueza son sus máximos comandantes y esto no tiene nada de revolucionario. Solo contribuye a la degradación social, la destrucción del tejido social y las organizaciones campesinas e indígenas, además de que generan explotación de mano de obra y destrucción de la naturaleza en las zonas donde están presentes. Muchos de sus miembros son jóvenes combatientes reclutados a cambio de salarios, convirtiendo a esos jóvenes campesinos, indígenas y trabajadores en mercenarios de una guerra mafiosa.

Por otra parte, al estilo de las antiguas FARC, las disidencias imponen su control militar territorial, sus códigos de conducta y ahora han comenzado a difundir sus ideas de la narcoguerra para atraer jóvenes a través de redes sociales como TikTok y Facebook. Las masas y algunas de sus organizaciones en varias zonas bajo su control, solo son utilizadas para oponerlas a los ataques de las fuerzas estatales y neutralizar al ejército; es decir, estas masas y organizaciones no tienen una dirección revolucionaria, sino que se han convertido en instrumentos de presión de un grupo mafioso al servicio de sus intereses particulares. Igualmente, hay que decir que los campesinos también mantienen un fuerte rechazo al Estado y su ejército, porque saben que no están haciendo presencia en la zona para ayudarlos, sino para oprimirlos.

Además de todo lo anterior, hay que agregar que algunas disidencias han tenido alianzas con el ejército del Estado burgués, incluso el mismo ejército ha protegido comandantes y les ha prestado ayuda logística como sucede en el Catatumbo y Arauca para combatir al ELN.

Todo este recuento general de la actuación de las disidencias demuestra que no existe nada revolucionario en su contenido y que incluso terminan convirtiéndose en opresores y explotadores de los campesinos y trabajadores agrícolas. Por eso, es algo sin fundamento que algunos autodenominados comunistas salgan a decir que la lucha de las disidencias son parte de la lucha armada campesina; es una ingenuidad o una creencia absurda que esos grupos adelanten un proceso revolucionario y hagan parte de su supuesta revolución de nueva democracia. Tales grupos y personas no son marxistas leninistas maoístas como recitan, su teoría no tiene ningún fundamento científico, y muestra sí su ceguera ideológica y política, pues no les importa la realidad sino repetir algunas frases como lo haría cualquier secta fanática. Y es ese tipo de gentes quienes se atreven a tildar de revisionistas a quienes con firmeza han defendido los intereses de los obreros, campesinos y pueblos indígenas llamando sin tapujos la actual confrontación como una guerra contra el pueblo.

Pero no son solo las disidencias de las FARC, también existe un reducto del EPL en el Catatumbo. Un frente que no se acogió al “acuerdo de paz” en el que se rindieron los revisionistas dirigentes del PC ml y el EPL; ese frente se ha mantenido por varias décadas en la región, pero lo poco político que les quedaba de revisionismo, fue vencido por las fuentes de financiamiento degradantes que adquirió dicha organización, principalmente el narcotráfico; sobre todo cuando la parte política fue opacada por el liderazgo de un mafioso conocido como alias “Megateo”; comandante que por varios años dirigió la producción de cocaína en la zona y en otras zonas donde el EPL o llamados “Pelusos” tenían presencia, convirtiendo en mano de obra para la siembra de coca a muchos campesinos y volviendo mercenarios a muchos.

“Megateo” fue un personaje que no se diferenciaba de cualquier jefe mafioso (ostentando su riqueza, marcando el cuerpo de las mujeres con las que tenia relaciones sexuales con su nombre…); algo totalmente degradante al infundir en su “base social” la cultura mafiosa abandonando de plano las ideas revolucionarias. Después de la muerte no ratificada de “Megateo” por parte del Estado, el grupo quedó al mando de varios jefes que se fueron traicionando mutuamente, cayendo finalmente en una guerra por ingresos y control territorial con el ELN donde fueron casi derrotados.

Hace dos años volvieron a reaparecer con algunas acciones de propaganda, donde al parecer la nueva dirección son viejos miembros del PC ml que se formaron en la parte militar, pero que muestran no tener mucho contenido político puesto que continúan reivindicando a “Megateo” y no se han deslindado del narcotráfico; es decir, le rinden homenaje a un narcotraficante sumado a que  saludan a las disidencias como sus aliados; según la apariencia se han ido desprendiendo del narcotráfico para exportar y generar ganancia económica, pero siguen intercambiando cocaína por armas en Venezuela; ademas, continúan extorsionando (“cobrando impuesto”) a medianos y pequeños empresarios sin atacar seriamente al Estado, lo que demuestra en la realidad que ese frente se volvió un negocio personal de ciertas personas que buscan adquirir riqueza. Nuevamente este ejemplo demuestra que en el campo no hay grupos que lleven a cabo ninguna guerra popular o una lucha armada revolucionaria como lo proclaman algunos fanáticos.

Finalmente, esta el caso del ELN, una organización que aun mantiene su dirección de antaño, y a pesar que tiene influencia y dirige un movimiento de masas, con algún contenido político e ideológico de cambio o por lo menos de resistencia, sus errores por su mismo carácter de aventurerismo, sus acciones de terror aislado de las masas y su renuncia a la revolución como era el propósito inicial, lleva a esa guerrilla a cometer serios errores que afectan realmente al pueblo explotado y oprimido de Colombia, como el paro armado de hace unos días donde las ganancias de las clases dominantes no fueron golpeadas y sí se vieron más afectados la clase obrera y el pueblo: un conductor de ambulancia murió en el fuego cruzado y muchas familias campesinas y proletarios no pudieron salir a trabajar en algunas zonas.

A eso se suma que sus fuentes de financiamiento está llevando, al igual que a los otros grupos de exguerrilleros, a una degradación en las zonas donde tienen presencia porque el negocio de las drogas trae descomposición social. En algunas zonas el ELN continúa, no solo cobrando el impuesto al gramaje, sino que prestan incluso seguridad a quienes comprar o transportan la base de coca o cocaína en la zona donde están, convirtiéndose de hecho en mercenarios de los carteles de la droga. Ademas de esto, en otras zonas generan ingresos con base en explotación de la minería, que no solo genera descomposición social sino la destrucción de la naturaleza.

El ELN se refugia en el argumento de que no puede decirle a la gente que se dedique a otra cosa porque le sale más beneficioso a un campesino cultivar coca que otros productos, y aunque es real y notorio el abandono y pobreza en el campo, una organización que diga ser revolucionaria no puede terminar convirtiéndose en parte de los negocios de imperialistas, burgueses y terratenientes que esclavizan al proletariado y a los campesinos. ¿No es justamente de revolucionarios la lucha contra la explotación, la opresión y la degradación? Los revolucionarios que aún quedan en el ELN no pueden seguir haciéndose cómplices de los crímenes cometidos contra el pueblo.

Los verdaderos revolucionarios, como los comunistas en la India, se proponen y han sido capaces de transformar  la producción, las condiciones de vida, sociales y políticas, no contribuyendo a los negocios de las clases dominantes y el imperialismo, sino revolucionando las comunidades en todos los ámbitos: constituyendo los órganos de poder de las masas mismas en los Comités Revolucionarios, expropiando a los terratenientes y entregándoles la tierras a los campesinos, expulsando a las compañías imperialistas y rescatando no solo los valores culturales sino las semillas nativas para producir con autosuficiencia lo que los dalits, los pueblos adivasi y demás tribus indígenas necesitan. En Colombia, estas ideas del poder ejercido por el propio pueblo y de cambiar la sociedad barriendo con toda forma de explotación y opresión fue abandonada por los grupos armados revolucionarios surgidos en los años 60.

Aún así, algunos autoproclamados comunistas que sueñan con una revolución democrática, afirman que esos grupos son parte de la guerra campesina por la tierra contra los señores feudales, cuando la guerra en Colombia se convirtió desde los años 80 en un negocio. Una guerra no por la tierra para los campesinos, sino una guerra por despojar a los campesinos para desarrollar la agroindustria, el negocio de los sicotrópicos y la minería. No una guerra contra los enemigos, sino una guerra contra los campesinos por la renta extraordinaria que dejan las grandes explotaciones agroindustriales, la producción de cocaína y la minería del oro. Una guerra que ha arrebatado más de 10 millones de hectáreas de tierra a casi 9 millones de campesinos quienes fueron desplazados pasando a engrosar en su mayoría el ejército de los proletarios, y confirmando, no solo el carácter reaccionario de la guerra, sino además la imposición de las relaciones capitalistas en el campo a sangre y fuego.

Las ideas de que debemos ir al campo y comenzar una guerra popular para rodear las ciudades y de una revolución agraria sin destruir todo el poder del capital, son ahistóricas. En Colombia los campesinos y pueblos indígenas no se enfrentan a los señores feudales, sino a los grandes capitalistas y monopolios imperialistas; aquí la mayoría de la población no se concentra en el campo ni está ligada a la producción agrícola de autoconsumo, sino que son las ciudades donde se concentra la clase obrera que se ha convertido en la clase mayoritaria de la sociedad: incluyendo la precarizada, informal, desempleada, así como los asalariados agrícolas, siendo una parte de ellos los campesinos pobres o semiproletarios del campo.

Tales son lo hechos que se levantan testarudamente contra las fantasías de los fanáticos que se autoproclaman maoístas y que en esencia coinciden con Petro y todos los reformistas al considerar que Colombia necesita más capitalismo, como si no fuera el capitalismo imperialista el causante de todas las desgracias del pueblo colombiano, incluida la guerra contra el pueblo que los revolucionarios debemos transformar en una verdadera guerra popular, en una guerra civil revolucionaria, en una insurrección popular armada contra los enemigos, burgueses, terratenientes e imperialistas como parte de la revolución proletaria mundial que borre de la faz de la tierra toda forma de explotación y de opresión. Es en ello en que debemos pensar los revolucionarios y auténticos comunistas, abandonando las quimeras de los fanáticos “revolucionaristas” que no están muy lejanas de los reformistas en el terreno programático.

El llamado es a los revolucionarios y comunistas en Colombia a trabajar mancomunadamente por organizar la insurrección que seguramente tendrá como centro las ciudades sin descuidar el campo, para destruir el viejo Estado burgués, terrateniente y proimperialista, que a su vez permita avanzar en la construcción del socialismo de conjunto con el proletariado y los pueblos del mundo. Somos quienes debemos ponernos de acuerdo en construir el Partido de la clase obrera, trazar el programa y la estrategia de acuerdo al análisis de las condiciones concretas del país; tareas que no pueden ir separadas del esfuerzo por unir y organizar la lucha del proletariado mundial contra el imperialismo y la reacción.

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