
Por: Koba
La falta de voluntad en las distintas ciencias alrededor del mundo para realizar análisis detallados que tengan en cuenta las particularidades biológicas (como los ciclos corporales y hormonales propios de la mujer) responde a dos motivos principales: por un lado, una cuestión de percepción de la mujer como una extensión biológica del hombre (siempre incompleta, o como se menciona en el video[1], un «hombre chiquito»); y por otro, las dinámicas de rentabilidad propias del capitalismo.
Percepción de la mujer
En la prehistoria, las comunidades se caracterizaban por ser relativamente más igualitarias y presentar menos indicios de segregación por sexo. No es sino hasta que la humanidad entra en la época de la agricultura que ocurre un cambio fundamental. Por primera vez, los seres humanos comienzan a generar excedentes de recursos, lo que permite la aparición de algo impensable en sociedades recolectoras: la propiedad privada.
Sin embargo, la propiedad no desaparece con quien la posee, sino que puede heredarse. En este punto, la prioridad cambia, ahora es necesario asegurar una descendencia a la cual transmitir esos bienes. Es entonces cuando, para garantizar la paternidad, comienza el control sobre la sexualidad femenina, dando origen a la familia patriarcal[2].
Al ser la mujer controlada en su sexualidad, sus deseos y roles sociales, pierde su carácter como productora directa de valor y queda relegada a la crianza, el cuidado y la alimentación. Cuando deja de participar en actividades productivas en los mismos términos que los hombres, comienza a ser percibida como un ser dependiente y, posteriormente, como incapaz de desarrollar tareas productivas.
De este modo, se consolida la idea de la mujer como una extensión del hombre. Esta visión se refuerza, en primera instancia, desde las religiones y, posteriormente, desde el derecho, que en muchos casos reproduce las normas morales religiosas de cada sociedad. Así, se institucionaliza la concepción de la mujer como ese «hombre incompleto».
La mujer en el capitalismo
El método científico, tal como lo entendemos hoy, surge aproximadamente al mismo tiempo que la Revolución Industrial, la cual marca el paso del modo de producción feudal al capitalista. A partir de este periodo se producen grandes avances científicos. Sin embargo, la investigación científica siempre ha requerido financiación. En la época feudal, alquimistas (predecesores de los químicos) y «médicos» (muchas veces herbolarios) dependían del patrocinio de los señores feudales, a veces llamados «mecenas».
En el capitalismo, en cambio, el poder económico se concentra no a través del tributo feudal, sino mediante las lógicas del mercado. La oferta y la demanda se convierten en los mecanismos principales para maximizar el enriquecimiento de la clase capitalista: la rentabilidad y la acumulación de la plusvalía.
Avanzando en el tiempo, llegamos al siglo XX, donde, debido a la creciente demanda de producción, la mujer se incorpora al trabajo asalariado como nunca antes. No obstante, la percepción de la mujer como extensión del hombre tarda en superarse. Esto se traduce en que grandes corporaciones y centros de investigación justifican el uso del cuerpo masculino como modelo universal en la ciencia. Esta práctica, además de responder a prejuicios históricos, resulta funcional al capital, ya que permite abaratar costos bajo la premisa de que los resultados serían aplicables de manera homogénea a toda la población.
Hasta hoy, la ciencia (manejada bajo la lógica del capital) no se ha desprendido completamente de esta inercia. Existe una falta de voluntad por parte de grandes empresas, especialmente farmacéuticas, para desarrollar investigaciones que contemplen las particularidades de la biología femenina. Esto se debe a que esas investigaciones están guiadas por criterios de rentabilidad burguesa.
Aunque gran parte de la sociedad ya no considera explícitamente a la mujer como una extensión del hombre, persiste una omisión estructural que impacta de forma cotidiana a la mitad o más de la población mundial: la medicina sigue sin incorporar plenamente las diferencias biológicas femeninas en el desarrollo y la prescripción de tratamientos, siendo poco probable que esto cambie mientras la ciencia siga atada a los intereses de la burguesía internacional y los grandes monopolios.
En este sentido, no se trata de una simple falta de actualización científica o de un rezago cultural que pueda corregirse con reformas parciales. El problema es de fondo. Mientras la producción de conocimiento esté subordinada a la lógica de la ganancia, toda investigación que no prometa rentabilidad inmediata —como aquella que exige considerar la complejidad específica del cuerpo femenino— seguirá siendo postergada o reducida. Así, ignorar a la mujer en la ciencia no es una anomalía del sistema, sino una consecuencia coherente de su funcionamiento.
Por ello, resulta insuficiente esperar que el propio capitalismo resuelva un problema que él mismo reproduce. La superación real de estas desigualdades exige transformar las bases materiales que las sostienen: una reorganización social en la que la ciencia deje de responder a intereses privados y pase a orientarse por las necesidades humanas. Solo en una sociedad distinta, donde el conocimiento no esté mediado por la rentabilidad sino por el bienestar colectivo, será posible construir una ciencia verdaderamente al servicio del pueblo y con ello, una transformación profunda en la situación de la mujer.
[1] Video: https://www.youtube.com/watch?v=7AiAh5RkSEk&t=605s “la ciencia prefiere a los hombres”
[2] Este proceso es desarrollado con mayor profundidad por Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.





