
Un 15 de febrero, pero de 1966, Camilo Torres Restrepo cae en combate.
Mucho se ha escrito ya (sobre todo en la academia burguesa) sobre la vida académica y su corta vida guerrillera del otrora cura. Aquí nos proponemos destacar al Camilo dirigente de masas, al Camilo traidor de esa putrefacta clase burguesa despojadora, por lo que no profundizaremos en los otros aspectos.
Camilo fue, y aún es, un hombre del pueblo. No fue solo un cura, un sociólogo o un guerrillero. Torres traicionó a su propia clase, la burguesía, para entregarse a la lucha por mejorar las condiciones materiales de los trabajadores del campo y la ciudad. A riesgo de ser redundantes, Camilo fue un traidor de clase. Es fundamental entender que estos son los burgueses que necesita la lucha revolucionaria del pueblo por su emancipación, burgueses solo de origen, que renuncian a su privilegio e interés de clase, y que abrazan la organización y la vida proletaria.
Al cambiar las charlas de salón con la élite llenas de contemplativa especulación, disfrutando de un buen vino y los sermones de las buenas maneras cristianas en el altar, por la organización popular y el recinto religioso convertido en tribuna de denuncia, Camilo Torres dio un certero golpe a sus compañeros de clase y de clero; no es posible hablar de buen vivir, de vida plena, sin que las condiciones del pueblo que trabaja sean dignas, sin luchar para cambiarlas.
No nos equivoquemos, Camilo Torres no proponía paños de agua tibia. Durante su estadía en Europa, tuvo contacto con diferentes organizaciones y liderazgos revolucionarios, entre ellos luchadores por la liberación argelina del yugo imperialista francés, que poco a poco influyeron en su pensamiento. Camilo entendió que no era suficiente con proponer reformas, aunque también lo hizo* inicialmente, sino que la lucha era (y es) de clases, había que dar un salto cualitativo en la forma de lucha, y por tanto en el sistema, es decir la necesidad histórica de organizar la revolución violenta hacia la toma del poder, y actuó en consecuencia al alistarse para la lucha armada.
Sin embargo, y esto es necesario aclararlo, no basta con llamar a la organización popular y hablar de revolución, incluso si ya se tienen las armas. La revolución necesita un horizonte ideológico y político claro, materialista, basado en la dialéctica. Estas herramientas nos las da nuestra ciencia de la revolución proletaria, el marxismo. El amor eficaz, aunque con muy buenas intenciones y replicable bajo los estándares éticos y morales del cristianismo, no basta ni es suficiente para sostener la encarnizada lucha de clases de los trabajadores y oprimidos contra las clases dominantes.
Con todo, cuando el proletariado revolucionario señala las limitaciones de la praxis y el pensamiento de algún dirigente o mártir, no siempre lo invalida ni condena per se, sino que parte de su propio aprendizaje hacia la toma del poder, para no cometer los mismos errores en el marco de la lucha de clases. La bondad, la política del amor en la cotidianidad propuesta por Camilo es noble, pero su alcance no es científico a la luz del materialismo dialéctico. El eclecticismo en el que puede resultar (y ya lo ha hecho) desmonta por sí mismo el carácter revolucionario que pudiera tener el llamado amor eficaz. Los enemigos de nuestra clase no dan tregua, tenemos poco margen, y debemos avanzar bajo la guía que ha desarrollado el proletariado a lo largo de toda su historia: el socialismo científico.
¡Viva el Camilo Torres traidor de su clase!
¡Viva la lucha revolucionaria del pueblo!
¡Avancemos hacia la revolución socialista!
¡Muerte a la burguesía y los explotadores!
*Se profundizará en la parte II de este texto.






